24|11|2021

Es fácil ser Bregman

15 de octubre de 2021

15 de octubre de 2021

El debate porteño y las ventajas de no haber gobernado ni tener chances de hacerlo alguna vez.

Treinta y seis horas después del debate que protagonizaron en TN dos candidatos y dos candidatas a la Cámara de Diputados por la Ciudad de Buenos Aires, seguía escuchándose fuerte el rugido de la hinchada de Myriam Bregman, que reivindicaba la actuación de la figura estelar del Frente de Izquierda y la daba como clara ganadora de la contienda televisada. El Club de Fans de La Rusa excede largamente al universo del electorado que suscribe las ideas del trotskismo: incluye a personas que, cuando se enojan mucho con las fuerzas políticas capitalistas tradicionales, suelen migrar sus votos hacia las propuestas de izquierda pero preferirían seguir los pasos de Susana Giménez si alguien, alguna vez, osara reemplazar democracia burguesa por socialismo. Ahí está el punto.

 

Más allá de las indiscutibles virtudes de la candidata -su sólida formación política, su alto coeficiente intelectual, sus habilidades como polemista, su probada gimnasia televisiva y su temperamento arrollador-, es fácil ser Bregman en un debate porque es fácil debatir desde la pureza inmaculada de quien no ha gobernado y no tiene chances de gobernar alguna vez.

 

Desde esa virginidad institucional ejecutiva, Bregman ataca sin temor al contragolpe.

 

Puede cuestionar a todos los gobiernos sin temor a que le revoleen con el archivo del gobierno propio. Puede tachar a sus oponentes con experiencia de gestión de todo lo que ella quiera: de ineficientes, de pusilánimes, de mentirosos, de débiles, de delincuentes...

 

Puede recordarles que prometieron y no cumplieron y hasta que, para ganar una elección, prometieron lo que ya sabían de antemano que no iban a poder o incluso no querían cumplir.

 

Puede cuestionarles haber cedido ante los poderes fácticos que condicionan la soberanía popular, puede enrostrarles que contradijeron los principios que decían defender y que pisotearon las banderas históricas de sus partidos.

 

Puede señalarles sus transas políticas y sus negociados con mafias de variadas calañas y puede mostrarles las investigaciones que acreditaron sus fraudes contra la administración pública.

 

Puede adjudicarles el crimen de haber gobernado a espaldas del pueblo trabajador.

 

Nadie podrá devolverle los golpes.

 

 

También puede prometer sin temor a no poder cumplir.

 

Puede prometer la reforma agraria sin temor a, llegado el caso, tener que enfrentar a la Sociedad Rural, que tendría a los grandes medios de su lado para sacar los tractores a la ruta y guardarse las vaquitas y los granos para desabastecer las góndolas de las que come el pueblo trabajador.

 

Puede prometer la nacionalización de la banca, también, sin temor a que una corrida cambiaria le volara el dólar por los aires y de un minuto a otro el país se conviertiera en un festival de cacerolas batientes.

 

Ser Bregman en un debate es fácil porque juega el rol de la fiscal de juicio, que colecta pruebas y acusa sin miedo a que el acusado se levante de buenas a primeras y la acuse a ella. Aun más: la fiscal al menos teme perder el juicio; Bregman debate con la tranquilidad de que ganar una elección no es una posibilidad para ella.

 

En un debate, Bregman es como quien vive de la crítica de arte o como el comentarista que al final de partido cuestiona al técnico perdedor por haber jugado con tres y no con cuatro en el fondo o como (¡ups!) el periodista de política que critica la actuación de candidatos y candidatas al término de un debate.

 

Más difícil es debatir siendo María Eugenia Vidal y Leandro Santoro, referentes de dos partidos que, a sus turnos, dejaron al país y a su pueblo trabajador con el tujes mirando al norte. Ella, como la segunda autoridad institucional más importante de la tragedia macrista. Él, como militante original de la UCR, responsable de la Gran Crisis de 2001, la peor catástrofe de la historia nacional. Eso sí que es difícil.