30|11|2021

El autor repudia a quienes pisaron las piedras y quitaron fotos colocadas en memoria de las víctimas del Covid en Plaza de Mayo y lo califica como un "ultraje".

El último domingo 17 de octubre pasó de ser el día en que se homenajea cada año el sentido de la lealtad según el peronismo original a convertirse en “el día en que se pisotea el dolor ajeno”.

 

Solo indignación recogió el avasallamiento de militantes contra las fotografías de jóvenes y mayores muertos por el COVID 19 desde que se inició la cuarentena y de la cual tuvimos como resultado, nada más y nada menos, que 115 mil fallecidos. Pisar cada una de esas piedras para arrancar las fotografías pegadas sobre el soporte marmóreo del monumento a Manuel Belgrano fue un ultraje que la sociedad argentina no está dispuesta a aceptar.

 

Los argentinos nos hemos caracterizado por tener una actitud de enorme respeto hacia nuestros muertos en toda la historia nacional, fuimos siempre dignos cuando el dolor afectó a nuestros compatriotas, y aun en casos de diferencias ideológicas nunca pisoteamos las tumbas de nuestros caídos por ningún motivo.

 

El hecho fue repudiable y repudiado por la oposición y por los deudos de los fallecidos cuyo nombre figuraba en cada piedra colocada por segunda vez en la Plaza de Mayo, no así por el Presidente y la vice que se hicieron los desentendidos.

 

Recordemos que la primera “marcha de las piedras” terminó con el traslado de las mismas rejuntadas en el interior de la Casa Rosada para que no se vieran, y el segundo mostró el impudor de caminar por encima de cada símbolo sin importar la frustración de miles de vidas.

 

Esos muertos fueron el resultado de una acción ineficaz del Estado nacional, cuya responsabilidad debiera manifestarse al menos ahora en custodiar adecuadamente las muestras de dolor de miles de familias argentinas, en vez de permitir, por su propia inacción, el atropello de quienes no están dispuestos a admitir la igualdad de las personas ni siquiera en la muerte.

 

El agravio no hace más que alentar la continuidad de las “marchas de las piedras” hasta que se comprenda que la República Argentina no naturalizará las pérdidas de vidas humanas en ningún sector de la sociedad y por ninguna razón, sean éstas a causa de enfermedades, de violencia extrema, accidentes o enfrentamientos grupales.

 

La miserabilidad de los detractores, alentados por adeptos despreciativos de la vida humana, merece el repudio de la sociedad en general. El dolor debe quedar afuera de la grieta y empezar a recuperar en nuestro país el respeto para una convivencia en paz.