04|12|2021

La colonización por goteo

24 de octubre de 2021

24 de octubre de 2021

Dos años y medio de disputas de poder en el peronismo bonaerense contados en tres capítulos. Una película con final abierto y título a gusto del público lector.

Precuela

El 27 de Mayo de 2019, Cristina Kirchner espoileaba por Twitter el final del primer capítulo de la obra. Aquel lunes, dos días después del acto en Merlo donde se mostró por primera vez junto al Alberto Fernández candidato a presidente que había decidido encumbrar, publicó la foto del póker: Axel Kicillof, ella, AF y Verónica Magario. La decisión estaba tomada: su hijo político predilecto sería el postulante a la gobernación de Buenos Aires por la amplia coalición que aún estaba en construcción.

 

La novedad puso en pausa las aspiraciones del intendentismo, que, dividido en dos grandes bloques encabezados por Martín Insaurralde (Lomas de Zamora) y la matancera, buscaba la esquiva bendición de la candidatura al sillón del principal distrito electoral del país. Eran tiempos de buen augurio para el peronismo desplazado cuatro años antes: Mauricio Macri ya había hecho suficiente y María Eugenia Vidal había desistido de desdoblar las elecciones para quitarse de encima la mochila de un presidente en caída libre. El peronismo tenía muchas chances de volver al poder y las jefaturas comunales lo sabían.

 

La disputa Insaurralde – Magario (él apoyado por la liga de jefaturas comunales del conurbano y ella, por la del interior) llevaba meses y ensanchaba las espaldas del sector, pero el por entonces diputado nacional estaba en campaña silenciosa desde muchísimo antes, cuando, tras la derrota de 2015, CFK lo mandó a caminar Buenos Aires.

 

En el amanecer de 2019, los tres sectores jugaban sus fichas: “La Matanza tiene dos candidatos”, dijo Magario, incluyendo en la pelea a Fernando Espinoza; “Tengo mucho entusiasmo por ser candidato”, se animó Kicillof. Insaurralde nunca lo dijo explícitamente en público, pero se movía con chapa de competidor empujado por jefes comunales de peso; entre otros, Mariano Cascallares (Almirante Brown), Gabriel Katopodis (San Martín), Juan Zabaleta (Hurlingham), Andrés Watson (Florencio Varela), Fernando Gray (Esteban Echeverría) Ariel Sujarchuk (Escobar), Gustavo Arrieta (Cañuelas), Leonardo Nardini (Malvinas Argentinas), Alberto Descalzo (Ituzaingó) y Osvaldo Cáffaro (Zárate).

 

Acaso el intendentismo jamás haya estado ni cerca de lograrlo y tal vez lo haya sabido de antemano, pero la demostración de fuerza que representaban las postulaciones tributaba a un Plan B, un premio consuelo para nada despreciable: integrar el gobierno de otro. Mientras tanto, recibían el gesto de la zona liberada para todos y todas: eran bajadas las listas que les competían en sus distritos. Kicillof reventó las urnas y desalojó a Vidal, pero pasaron cosas…

 

Capítulo primero

“Voy a gobernar muy cerca de los intendentes, nada puede hacerse sin ellos”. La promesa de Kicillof durante la campaña fue leída por el sector como una inclusión en el gabinete a cuenta, pero el gobernador hizo lo que había acordado con su jefa y diseñó un grupo de colaboradores a su medida. Nada de barones, un gabinete bien técnico, antirrosca, con tres incrustaciones de pura cepa kirchnerista: Julio Alak (Justicia), Teresa García (Gobierno) y Sergio Berni (Seguridad). Nada de intendentes.

 

La inclusión de dirigentes del territorio bonaerense en el gobierno de Alberto Fernández funcionó como válvula de escape para el sector, que nuevamente vio la oportunidad con la salida de Fernanda Raverta del Ministerio de Desarrollo para la Comunidad para mudarse a la Nación, en abril de 2020, cinco meses después de la asunción. Los intendentes volvían a frotarse las manos, pero otra vez sopa: el elegido fue Andrés Larroque, La Cámpora conservaba la maquinaria de la asistencia social.

 

La tensa relación de Kicillof con los intendentes quedó evidenciada como nunca antes con el levantamiento de la Policía bonaerense en septiembre. La foto de unidad lograda por el Presidente aquella noche de miércoles en Olivos, de la que participaron 24 jefes comunales del conurbano oficialistas y opositores, evidenció, por contraste, la soledad pública en la que la máxima autoridad de la principal provincia del país transitó 60 horas de tensión, la crisis de mayor densidad en sus nueve meses de gobierno por fuera de la pandemia.

 

Capítulo segundo

En el PJ bonaerense preparaban la mesa para los festejos de Navidad cuando se oyeron los golpes en la puerta. Máximo Kirchner iba por la comandancia de la poderosa estructura partidaria en la antesala de un nuevo año electoral y cuando a la dupla Menéndez – Gray le quedaban 12 meses de presidencia.

 

Con el tiempo, la resistencia de las primeras semanas fue perdiendo espesor hasta convertirse en un mano a mano desigual entre el líder de La Cámpora y el llanero solitario de Esteban Echeverría, empacado en terminar su mandato denunciando a gritos atropello institucional; las razones en las sombras de Gray eran las listas de candidatos de este año, es decir, la lapicera para confeccionarlas.

 

Con un par de intendentes a la cabeza, desde adentro del Partido se fue ordenando el bardo y finalmente le abrieron la puerta a MK, quien puso el cartelito con su nombre en el despacho principal, aunque evitó sentarse en la silla. El final de este capítulo fue escrito por la sociedad M&M (Máximo y Sergio Massa), el gobernador y los intendentes y la alianza que supieron construir el hijo de la vicepresidenta y el intendentismo quedaría evidenciada no solo en las nóminas, que fueron pobladas por jefes comunales a quienes -otra vez- se les ahorró la competencia interna en sus pagos chicos, sino en lo que pasó después, tras la derrota de septiembre.

 

Capítulo tercero

CFK publicó la carta-bomba y Todos tembló lo suficiente como para desacomodar varios despachos. La derrota en terreno bonaerense por algo más de cuatro puntos hizo reverdecer las aspiraciones del intendentismo pese al aluvión rojo y blanco en las comunas que se llevó puesto a la mayoría de los dueños y las dueñas de los votos.

 

En potentes despachos del conurbano adujeron haber tenido poco para mostrar en campaña y el lastre cayó sobre el gobernador, encargado de darles las herramientas. Otra dirigencia apunta a la falta de competencia interna -con el mandato de unidad hasta que duela- que, arguye, desalentó la militancia de quienes se sabían sin chances desde el vamos. Berni es uno de los que cuestiona la estrategia: sufrió la baja de su lista en la Segunda sección, donde está Zárate, el distrito que quiere gobernar.

 

Finalmente, el sopapo de las PASO les abrió el hueco a los intendentes. Viaje relámpago a El Calafate mediante, Kicillof corrió a su hombre de mayor confianza, Carlos Bianco, y le entregó la jefatura de Gabinete a Insaurralde. Hizo lo mismo en Infraestructura, donde desembarcó Leonardo Nardini para sacudir esa mole con caja millonaria. Fueron los primeros dos desembarcos de intendentes en el Ejecutivo, pero los siguieron otros.

 

En el mar de tensiones inocultables entre el gobernador y el líder del PJ en alianza con las jefaturas comunales se hace difícil divisar el futuro inmediato. El éxito del Plan Remontar diseñado a base a inyección económica y territorialidad podría devolver el carro a la huella, pero no le garantiza llegar a destino. Hay que esperar a que el 14-N disipe la bruma y ver qué queda.