28|11|2021

El economista representa a los sectores concentrados de poder que buscan privatizar la educación en la Argentina sacándola de la órbita del Estado. 

Ah, pero Keynes

 

La mejor definición de algoritmo que escuché, hasta ahora, es la que dice que es un “procedimiento estandarizado para alcanzar un objetivo”. Metafóricamente, un algoritmo es una receta de una tarta. Desde que el matemático persa AI Juarismi inventó estos modelos matemáticos, en el siglo IX, todos los días usamos algoritmos tanto en el mundo analógico como en el mundo digital. Hoy quiero presentarles el algoritmo Milei. ¿Para qué sirve? Entre otras cosas, para privatizar la escuela.

 

Vaya una definición: Milei es el algoritmo que los sectores concentrados de poder están usando para privatizar la educación en la Argentina sacándola de la órbita del Estado, pertenencia garantizada por la Ley Nacional de Educación. Son millones de pesos en juego, que corresponden al 6% del PBI, que se distribuye para financiar el acceso gratuito a la educación básica y superior. Hoy, en la Argentina, cualquier hijo de vecino puede ir a una escuela, a un jardín de infantes, a una universidad. ¿Estamos dispuestos a perder ese derecho?

 

La calidad de educación en la Argentina no es la que nos gustaría. En varias columnas, ya manifesté mis críticas y mis propuestas para mejorarla. Esto me exime de largos párrafos. Por supuesto, hay escuelas que tienen los baños rotos, hay profesores y docentes que faltan, no hay vacantes suficientes en los jardines. Pero la propuesta de Javier Milei y José Luis Espert no es resolver estos problemas. Ellos pretenden que la educación deje de ser un bien social y público. Lo dicen, claro, sin eufemismo, en eso son más honestos que otros. Basta con leer la plataforma de Avanza Libertad.

 

Vóucher educativo, arancelamiento universitario, metas de calidad meritocráticas que expulsarán a los estudiantes con menores rendimientos. En fin, un claro sistema liberal, premoderno, que ni siquiera tiene vigencia en los países donde ciertamente el liberalismo, según ellos, progresa. Para Milei y Espert, la educación finlandesa es claramente comunista porque allí la financia el Estado. Lo mismo que la educación pública norteamericana, donde dicta clases la esposa de Joe Biden. En el imaginario de sus cabezas flota la no tan vaga idea de un mundo de iguales que compiten por el libre usufructo de los bienes que ofrece el mercado. Si el mercado no los ofrece, pues bien, no existirán. En ese mundo de ficción literaria, no existirían las vacunas que financiaron los Estados y hoy nos salvan del covid-19, ni existirían los medios digitales que financiaron las agencias estatales norteamericanas por los que ellos difunden sus ideas. Pero el problema, para ellos, es Keynes.

 

La alianza liberal conservadora

Algunos dirán que tengo un temor exagerado. Que Milei nunca llegará a ser presidente. Pero el problema no es MIlei en particular, como individuo, sino el algoritmo Milei. Los liberales crecen de manera significativa en la intención de votos y también empiezan a tejer alianzas con otras fuerzas, en particular con Juntos por el Cambio. Dentro de la alianza opositora, hay quienes cree que perdieron en las elecciones de 2019 por tibios, por moderados, por no ir a fondo con la reforma liberal. Proponen bajar el gasto público educativo dado que no es una inversión. En el modelo social de la carrera de obstáculos que imaginan como país, el Estado debe ser una suerte de observador inmutable para la salvaje cacería por la supervivencia que es el mundo, al estilo de Los juegos del hambre  ¡Sálvese quien pueda!, gritan desbordados, con los ojos inyectados de furia. ¡Tiemblen, zurdos!

 

El discurso liberal está concitando apoyos, duele sobre unos músculos que tenemos seguramente reblandecidos. Estamos faltos de entrenamiento, con sobrepeso, disfrutando demasiado del esfuerzo que realizaron otros, acaso nuestros padres y abuelos. El gran crítico norteamericano Daniel Bell decía que la gran contradicción del capitalismo moderno era la diferencia entre la cultura del ahorro, que lo había hecho crecer en sus orígenes, y la cultura hedonista contemporánea, que lo malgasta. Algo de eso debe estar pasando porque nadie piensa cuando entra a un aula que eso es producto del esfuerzo colectivo. Tampoco imaginan que algunos de esos estudiantes puedan descubrir, dentro de unos años, la cura de una enfermedad crónica. La escuela es mucho más que el desempeño individual de cada alumno en el aula. Es un dispositivo de formación cultural, de aprendizajes colectivos, de comunidad política. Sarmiento decía una frase quizás exagerada, como solía hacer todo: “Hombre, pueblo, Nación, Estado, todo está en los humildes bancos de la escuela”. No la perdamos.