02|7|2022

El “perdimos ganando” del gobierno nacional no logró suavizar la derrota. JxC no pudo sumar votos con respecto a las PASO. 

Las últimas elecciones legislativas han dejado mucha tela para cortar. El juego de palabras de “perdimos ganando” no logró suavizar la derrota del gobierno nacional. El debate real es la magnitud del golpe y la posibilidad de recuperación en lo que queda de mandato.  

 

Por su parte, la oposición de Juntos por el Cambio debe su triunfo al dudoso mérito de no haber retrocedido en su caudal electoral. Lo que es lo mismo que decir que no pudieron avanzar porque la mayoría de la población aún tiene fresco en la memoria el desastre del macrismo.

 

Ambas coaliciones salen desgastadas, atravesadas por disputas internas y sin lograr polarizar como antes. Y a la hora de la verdad, ambos espacios políticos apoyarán el “plan económico plurianual”, pretencioso nombre con el que pretenden ocultar el salto en el ajuste y la entrega que preparan.

 

El histórico bipartidismo que gobernó nuestro país durante décadas, ha mutado -fruto de la profunda crisis del régimen político- en un “bicoalicionismo” sin liderazgos claros. Y lo sobresaliente de esta elección fue que las coaliciones mayoritarias no lograron concentrar votos en la proporción habitual, por lo que no pudieron evitar que el descontento se canalice por los extremos y surjan dos alternativas claras, tanto a izquierda como a derecha de ambos espacios.

 

Este fenómeno es notorio en el corazón político del país donde la izquierda y la ultraderecha suman casi el 25% en la Ciudad y el 15% en la provincia de Buenos Aires.

 

Lejos de tratarse de una expresión local, la polarización es la marca distintiva del escenario político mundial de los últimos años, donde el desgaste de fuerzas tradicionales en los gobiernos y el mal humor social, dan lugar al surgimiento de nuevos fenómenos hacia la izquierda y la derecha, que ganan importante peso y que en perspectiva podrían seguir creciendo.

 

A nivel nacional, también es sobresaliente la elección de la izquierda, donde logró ubicarse nuevamente como tercera fuerza, aumentando en un 20% su caudal electoral en relación a las PASO y haciendo una elección histórica en Jujuy (25%) y otras muy destacadas en Neuquén (8,19%), Santa Cruz (7%), Chubut (8,52%) y San Juan (5,71), entre otros distritos. 

 

El armado derechoso de Javier Milei y José Luis Espert logró crecer en votos en base al avance cosechado en el AMBA, aunque no les alcanzó para desbancar al Frente de Izquierda del tercer puesto nacional.  

 

Un análisis correcto de este espacio exige equilibrio. No corresponde aumentar su fuerza ubicándolos como la cabeza de un supuesto giro a derecha del electorado-como hacen referentes del Frente de Todos-, pero tampoco ser superficiales y negar su existencia real y posible perspectiva de consolidación.

 

El plafón sobre el que construyeron su resultado estuvo construido en base a contradicciones cada vez más grandes. Tal vez su mérito fue aprovecharse del hartazgo frente al malestar reinante y el rechazo cada vez más generalizado de la sociedad hacia la casta política. El discurso agresivo y las citas incomprobables no son más que follaje para ocultar que no sólo no tienen nada nuevo para ofrecer, sino que son la versión moderna y sintetizada de Martínez de Hoz, Menem y el macrismo. Apoyan el acuerdo con el FMI, hacen piruetas para negar que Mauricio Macri sea el máximo exponente de la casta política y se emocionan al pensar en una candidatura presidencial de Patricia Bullrich.

 

De las cuatro principales fuerzas nacionales, sólo la izquierda tiene un planteo con soluciones de fondo y radicalmente opuesto al sistema actual. Por eso también es el único espacio capaz de frenar el posible avance de los autodenominados “libertarios”. Esta derecha se nutre de la tibieza que el gobierno nacional ha demostrado ante cada hecho donde estuvieron en juego los derechos de las mayorías.

 

El giro a izquierda de una franja que hasta hace poco acompañó al oficialismo, seguramente estuvo motivado por la distancia cada vez mayor entre un discurso progresista y las acciones concretas. Y es llamativo que este alejamiento se esté dando también en el conurbano bonaerense - histórico bastión de los “barones” peronistas- en donde la izquierda logró meter por primera vez una decena de concejales.

 

El desgaste del gobierno y la crisis más general del régimen pueden generar cambios bruscos en la situación general que desemboquen en un estallido social. A 20 años del argentinazo del 2001, sus fantasmas sobrevuelan nuevamente. Esta vez, con el peronismo en el poder y en proceso de crisis. Esta vez, con el movimiento obrero ganando terreno a fuego lento, pero sostenido, a la burocracia sindical. Esta vez, con una izquierda fortalecida que vuelve a tener la oportunidad y la necesidad de ganar peso de masas y disputar la dirección política para que cuando vuelva el nuevo «que se vayan todos», no vuelvan reciclados como ocurrió luego del 2001.

 

Ante este escenario, miles de argentinos y argentinas estamos ante la encrucijada de seguir una vez más el rumbo del posibilismo y el “mal menor”, o por el contrario, animarnos a construir una herramienta política verdaderamente nueva que impulse los cambios estructurales que necesitamos. Y este desafío, ciertamente empieza por la propia izquierda.

 

Soy parte de un espacio político que hace años viene planteando la necesidad de que la izquierda, no sólo vaya por más unidad, sino que también abandone ciertas prácticas sectarias y dogmáticas que hacen más a un rol testimonial, que a una alternativa con vocación de poder real. Incluso aprovechamos la instancia de las PASO para visibilizar estos debates que creemos estratégicos para lo que se viene.

 

Ser la tercera fuerza nacional no puede ser visto como un techo sino como un nuevo punto de partida, que nos da un fuerte impulso para avanzar mucho más en todos los terrenos. Pero para eso hace falta audacia y una ofensiva política de nuestro frente para hacerlo más grande, más amplio y más fuerte.

 

«Ser la tercera fuerza nacional no puede ser visto como un techo sino como un nuevo punto de partida»

Que se proponga incorporar en forma activa y permanente al activismo independiente, sectores intelectuales y referentes sociales. Darles un lugar de mayor protagonismo que el de solo apoyarnos con su voto en cada campaña. También tenemos que pensar propuestas para las bases que se alejan del peronismo y que están empezando a mirar a la izquierda. Para todos los decepcionados, hartos e indignados, nuestro frente tiene que ser un espacio convocante, donde se sientan contenidos y puedan organizarse.

 

Esa es la tarea más importante que tenemos: dejar de ser una mera alianza electoral, para convertirnos en un gran movimiento político de izquierda. No es tiempo de conservadurismo, ni rutinarismo, porque ni las oportunidades ni los tiempos son eternos. 

 

Hoy más que nunca, la izquierda debe revolucionarse a sí misma para fortalecerse, no sólo para enfrentar el ajuste, sino también para posicionarse como alternativa de gobierno, para que de una vez por todas seamos los trabajadores, los que ponemos el esfuerzo y movemos el país, quienes lo gobernemos.