20|1|2022

Bergoglio, el equilibrista en las arenas movedizas del Vaticano

31 de diciembre de 2021

31 de diciembre de 2021

Grieta de sotanas, rumor de renuncia y maniobras conspirativas de cardenales para quedarse con el poder eclesial. Reforma profunda y  prédica provacuna.

“Nunca se me pasó por la cabeza renunciar”. La frase del papa Francisco sintetiza la complejidad del año que debió afrontar el pontífice argentino en medio de la grieta entre progresistas y conservadores con sotanas y una cirugía de divertículos en el colon que lo obligó a estar hospitalizado más de diez días, intensificando los “huracanes de cónclave” para sucederlo en el ministerio petrino.

 

No fue, 2021, un año fácil para Jorge Bergoglio. Cada tanto se activaron las maniobras conspirativas de una banda de cardenales con espadas doctrinales que denostaron lo que evaluaron como “herejías” bergoglianas y que, según el propio pontífice reconoció, lo quería muerto para quedarse con el control del poder eclesial.

 

Fueron apenas 365 días en los que la Argentina siguió sin figurar en los planes de un viaje apostólico de Francisco, pero en los que el pontífice recibió al presidente Alberto Fernández en una visita de médico de 25 minutos en mayo, que conformó a medias a la Casa Rosada. Un segundo encuentro, aprovechando otro viaje del primer mandatario a Europa a principios de noviembre, fue denegado por el Vaticano con el argumento protocolar de que no se recibe a autoridades o candidatos de países que están cerca de elecciones.

 

Durante el año electoral que termina, el papa se mantuvo al margen de la coyuntura política vernácula, donde el recambio legislativo ensanchó la grieta entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio, con libertarios y radicales envalentodos terciando. El único gesto que movió el amperímetro especulativo local fue la designación del ministro de Economía, Martín Guzmán, para integrar la estratégica Academia Pontificia para las Ciencias Sociales (PACS), que asesora al pontífice. El nombramiento se interpretó en ambientes partidarios y eclesiásticos como una “bendición” para uno de los funcionarios del círculo rojo albertista en momentos de la paritaria abierta con el FMI para renegociar la deuda contraída por la administración de Mauricio Macri.

 

Fueron doce meses en los que, más allá de las intrigas palaciegas y las trabas de los ultraconservadores, Francisco intentó avanzar en su proyecto de reforma integral y de transparencia financiera de la estructura vaticana. Todo, en un clima enrarecido por un juicio inédito al cardenal Angelo Becciu, a quien el pontífice le restringió los derechos cardenalicios y quien proclama su inocencia, y otras nueve personas por supuesta malversación de fondos, blanqueo de dinero, fraude y abuso de poder en el caso que investiga la inversión irregular de unos 350 millones de euros para la compra de un edificio de Londres. 

 

No menos controversial fue la reciente salida del cardenal ghanés Peter Turkson como prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, tras una auditoría en ese ministerio social que gestiona el quinto mayor presupuesto de la Curia con unos 13,24 millones de euros en 2020. En agosto, otros dos sacerdotes a cargo del organismo, el argentino Augusto Zampini y el francés Bruno Duffé, también dejaron el dicasterio como consecuencia de la evaluación financiera interna.

 

Los escándalos de abusos, en tanto, siguieron sacudiendo a la Iglesia, con informes lapidarios de décadas de delitos sexuales a menores de edad perpetrados por clérigos en Alemania, Suiza y Francia, donde los obispos galos comenzaron a vender bienes eclesiásticos para resarcir a las víctimas; además de las revelaciones sobre el descubrimiento de tumbas sin identificar en antiguos internados católicos para indígenas de Canadá.

 

Transcurridas 52 semanas, uno de los movimientos positivos de la gestión franciscana fue la incorporación de más mujeres en la estructura curial romana, aunque aún sin profundizar el debate sobre el diaconado femenino, como paso previo al sacerdocio. Además de la vicealcaldesa de la Ciudad del Vaticano, la secretaria interina del dicasterio social, tres Premio Nobel en academias pontificias, la número 2 del Consejo de Economía, hay una argentina: la teóloga Emilce Cuda en un cargo clave, como es jefa de oficina de la Comisión Pontificia para América Latina. 

 

Otro punto alto de su gestión pastoral fueron dos de sus viajes apostólicos. Uno de riesgo e inédito para un papa a Irak, en marzo, en el que condenó la violencia extremista y el hecho de que se le sigan vendiendo armas a los grupos terroristas como ISIS; y otro a principios de diciembre a la isla de Lesbos, donde, como en 2016, volvió a visibilizar el drama de los migrantes e interpeló a Europa por sus políticas de cierre de fronteras para evitar acoger a refugiados y desplazados.

 

El papa argentino también fue una voz escuchada en el mundo por su prédica a favor de las campañas de inmunización, el libre acceso a las vacunas contra el coronavirus y la imposición del pase sanitario. Igual respeto alcanzó su exhortación a la condonación de la deuda externa de los países pobres y el rediseño del sistema financiero internacional.