19|11|2022

Lula, de la impactante reinvención a un futuro incierto

02 de octubre de 2022

02 de octubre de 2022

Cerca del regreso, el líder de la izquierda brasileña no es el que fue. Lo limitarían la sombra de la corrupción, el contexto global y la alianza que lo rodea.

Más de 156 millones de personas elegirán este domingo en Brasil, por acción u omisión, a quien presidirá desde el 1 de enero, por los siguientes cuatro años, la democracia más populosa de América Latina. Lo anterior parece una frase hecha, pero contiene varias de las claves de lo que está a punto de ocurrir. Por un lado, porque los votos blancos y nulos se excluyen del escrutinio, lo que le da el triunfo en primera vuelta y sin necesidad de un ballotage –de realizarse, sería el domingo 30– a quien obtenga un voto más que la suma de sus rivales. Además, porque Luiz Inácio Lula da Silva, máximo favorito, está, según todas las encuestas, al filo de ese logro, tan difícil que Fernando Henrique Cardoso fue el único que lo consiguió desde la restauración democrática, ocurrido en 1985. Por último, porque las denuncias infundadas de fraude de Jair Bolsonaro, el aliento oficial a que las Fuerzas Armadas sean árbitros del proceso y la política de fomentar la diseminación de armas de fuego en la población amenazan, justamente, la vigencia de las instituciones. Se viene un domingo trascendente para Brasil y para toda la región.

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Dos visiones contrapuestas, descriptas de modo impecable por el enviado de Letra P, Lucio Garriga Olmo, colisionarán en las urnas. Por un lado, el Brasil conservador, que data de la última dictadura y fue redescubierto por Bolsonaro en 2018; por el otro, el progresista e institucionalista, expresado no solo por la candidatura de Lula sino por la alianza amplia que lo secunda, que va de la izquierda al centroderecha democrático.

 

El último estudio de la consultora Datafolha, ligada a Folha de S. Paulo, le dio a Lula una intención de voto del 48% contra un 34% de Bolsonaro. El descarte de los sufragios en blanco y nulos coloca al primero al filo del mencionado triunfo sin ballotage, lo que explicó su esfuerzo por hacerse con las voluntades de un puñado de seguidores del laborista Ciro Gomes (6%) y de la moderada Simone Tebet (5%) en el debate emitido el jueves a la noche por la red Globo.

 

En ese show televisivo, que duró casi tres horas, se pudo ver una muestra representativa de todo el arco político brasileño, que incluye, además de las personas mencionadas, a la derechista Soraya Thrnokie, al candidato anticorrupción Felipe Dávila y al sacerdote "Padre" Kelmon, abanderado filobolsonarista de un partido curiosamente llamado "Laborista" (PTB).

 

De los intercambios que se dieron en ese ring surgieron elementos para imaginar el futuro en caso de que Lula consuma la proeza del renacimiento político, un ciclo que lo convirtió en un hombre amado en su país y en el mundo entre 2003 y 2010. Ese proceso continuó con la demolición de su imagen por masivas denuncias de corrupción aireadas en la judicatura y la prensa. Más tarde, se prolongó con procesamientos, una condena en tres instancias, un encarcelamiento de 580 días y la proscripción en 2018 en virtud de la inefable ley de "ficha limpia" que él mismo promulgó entre sobreactuaciones poco antes de dejar el poder. Tras el bochornoso impeachment de Rousseff, culminó con la tardía constatación del Supremo Tribunal Federal de que Sergio Moro y los fiscales de la operación Lava Jato ("lavadero de autos") habían violado el debido proceso de cabo a rabo.

 

Las preguntas de quienes elegían debatir en la Globo con el exmandatario rondaron todo el tiempo sobre los escándalos de corrupción que sumieron la hazaña del "hambre cero" en un descrédito inmerecido: primero el mensalão y luego el petrolão, ambos destinados a comprar mayorías que las urnas no habían arrojado y sobradamente probados. Hay que recordar, en ese sentido, que, durante el gobierno de Dilma RousseffPetrobras admitió en sus balances un faltante inexplicable de 2.000 millones de dólares y que el Poder Judicial recuperó para el Tesoro cientos de millones que habían sido desviados como coimas. Sin embargo, lo que fue una fuerte responsabilidad política, al menos de omisión, no necesariamente era una penal y es allí donde Moro violó toda idea de imparcialidad, ya que no era ni siquiera el juez natural del caso del tríplex de Guarujá –el que motivó las condenas y la prisión– y actuó con una parcialidad que comprobaron tanto el Comité de Derechos Humanos de la ONU como su propia decisión de convertirse, por un tiempo, en ministro de Justicia de Bolsonaro.

 

Ante cada ataque sobre esa cuestión, Lula respondió en el debate con referencias a los logros de sus políticas sociales. Natural: al fin y al cabo, de todo eso está hecho su bagaje.

 

Además, recordó los años de crecimiento a tasas chinas, algo que, seguro que sabe en su intimidad, no se repetirá. Aquello –igual que en Argentina, Venezuela, Perú, Chile, Colombia, Uruguay…– fue producto, en buena medida, de una bonanza externa hecha de precios altos de las materias primas de exportación y costo bajo del crédito. El mundo actual es muy diferente: mandan la inflación global generada por la pandemia y agravada por la guerra en Ucrania, una reconversión energética forzada por ese conflicto, el recurso al aumento de las tasas de interés en todos lados para ponerles coto a los precios y la amenaza de una recesión en las principales economías que no se disiparía, al menos, durante el año próximo.

 

El Lula que volvería al poder este domingo o el 30/10 –a no ser que las encuestas sean el mayor fiasco de la historia– no será el de 2003 ni el de 2007, no solo por la mochila que arrastra, que le vale un rechazo, si no mayoritario, sí elevado. Tampoco lo será por el mencionado contexto internacional. Asimismo, por su edad –76 años–, lo que lo lleva ya a descartar cualquier idea de reelección y acorta los horizontes del proyecto que encarna. También pesan los efectos del paso del huracán bolsonarista por la vida política del país, hechos de corrupción y de desastre sanitario en la pandemia, intolerancia, machismo, homofobia, retroceso de los derechos civiles, discurso violento, liberalización económica empobrecedora, politización de las Fuerzas Armadas y policiales, vía libre al gatillo fácil, promoción de la proliferación de armas, conflictos de poderes, boicot de la confianza pública en el sistema electoral y, por si todo eso fuera poco, amenaza de reacción violenta de sus bases y de conatos de golpe de militares adictos si pierde este domingo.

 

Ante semejantes retrocesos, Lula se rodeó de una coalición amplísima que limitaría sus afanes distribucionistas. Es más, hasta su progresismo social encontraría marcos rígidos. Para conseguir más votos evangélicos, su candidato a vicepresidente, el exgobernador paulista Geraldo Alckmin, un conservador democrático, aseguró que "sobre el aborto, el (ex) presidente Lula está en contra y yo estoy en contra. Él fue presidente ocho años y no cambió ninguna ley. ¡Ninguna, ninguna, ninguna!".

 

El nuevo Lula centrista recupera, incluso, el favor de amplios sectores empresariales que olvidaron pronto cuánto dinero ganaron durante la gestión petista y se abrazaron, en los últimos años, a la furia lavajatista y bolsonarista. Parte de ellos parecen haber recuperado sus estómagos, firman ahora proclamas a favor de la democracia y hasta abjuran de la vieja tentación de romper el Mercosur para correr hacia los brazos de Estados Unidos. A veces, la vida decepciona: ni el gran referente ultra Donald Trump quiso nunca libre comercio con Brasil ni lo quiere ahora Joe Biden. El demócrata, además, se sumó al coro que ha consagrado a Bolsonaro como un villano ambiental y, ante sus aspavientos golpistas, mandó a la CIA y al Departamento de Estado a expresarles su inquietud a las Fuerzas Armadas de Brasil. El peligro es que el excapitán imite a Trump y hunda en una crisis gravísima a la mayor democracia de América Latina solo para evitar su caída.

 

En las últimas horas, Lula mantuvo contactos con embajadores europeos y cuenta con ellos y con el de Estados Unidos para que un veloz reconocimiento internacional de los resultados sirva para evitar un desastre.

 

Además del Poder Ejecutivo estarán en juego las 27 gobernaciones y sus legislaturas, así como la renovación de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado.

 

Mientras, lo que queda es contener el aliento.