22|11|2022

Abrió un intersticio en la historia que, a fuerza de verdades irrefutables y confianza en lo colectivo, se hizo cada vez más grande.

Una vez le preguntaron cómo se imaginaba que iba a entrar en la historia y ella dijo, con esa risa que le iluminaba los ojos: “¿En la historia? Yo no voy a entrar porque soy muy gorda”. Tampoco entra en los lugares comunes. Ni en las casillas previstas. Ni en nada de lo establecido. Porque su vida fue transformación. Y correr los límites de lo posible, siempre.

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Kika nació en El Dique, un barrio de trabajadores de Ensenada. Hija de Josefa Bogetti y Francisco Pastor, se casó con Humberto Bonafini, Toto, y fue madre de Jorge, Raúl y Alejandra.  

 

El 8 de febrero de 1977 secuestraron a su hijo mayor. Ese día, dice, se transformó en Hebe de Bonafini. Las Madres, para que se identificara a quién buscaban, adoptaron los apellidos de sus hijas e hijos. Allí empezó la lucha por lo imposible. El 6 de diciembre del mismo año secuestraron a su hijo Raúl. Y el 25 de mayo de 1978, a su nuera María Elena Bugnone. Todos militantes del Partido Comunista Marxista Leninista. 

 

Ella supo casi inmediatamente las atrocidades que Jorge y Raúl padecieron en su cautiverio hasta la muerte. “Cuando te arrancan a tus hijos, tenés dos alternativas: morir o vivir. Yo elegí vivir”. No sobrevivir. Vivir. 

 

Abrió un intersticio en la historia que, a fuerza de verdades irrefutables y confianza en lo colectivo, se hizo cada vez más grande. El pañuelo, los jueves, la Plaza. Las compañeras amadas. El encuentro con las hijas y los hijos, los 30.000. La marcha que nunca para.

 

Aparición con vida, decían las Madres en 1981. La primera consigna imposible. No era ingenuidad, era una estrategia política. Que nos digan dónde están; si no están, qué nos digan qué pasó y quiénes son los responsables. 

 

En los 90, las hijas y los hijos de los desaparecidos andábamos por nuestros 20, algunos más, otros menos y con una enorme avidez de saberlo todo sobre nuestras madres y padres. Habíamos crecido en el silencio, la niñez nos tocó en terrorismo de Estado, con familias atravesadas por el dolor entre abuelas, tías y tíos que tuvieron que hacernos un lugar en sus casas mientras intentaban entender si era provisorio o para siempre. 

 

Aparición con vida significó, para quienes nos agrupamos en H.I.J.O.S., una orientación vital. En la crianza política que recibimos de Hebe, aprendimos a poner el foco en la vida, en sus vidas, en qué hacían, qué querían, por qué luchaban. Nunca en la muerte. Ni en la tortura, ni en el sufrimiento. Aparición de sus vidas. 

 

Hebe nos enseñó a transitar el duelo imposible. Ese que no se puede hacer porque no hay cuerpo, porque no hay muerte, ni despedida. Con ella aprendimos que es con otros como se atraviesa el desconcierto de la desaparición, que es en colectivo que se tramita el horror, y se inventan los caminos. 

 

Supimos de su mano que es con el cuerpo que se lucha. En las calles, en las plazas, afuera. 

 

Las tardes se alargaban en su casa de calle 45, pasillo al fondo, y se hacían noche de "quédense a cenar", irresistibles. Nadie nos hablaba de la militancia como ella. En nuestras casas la política era la causa de que se los hubieran llevado. En la cocina de Hebe era potencia, deseo, elección, proyecto, sueño.

 

Éramos jóvenes, inquietos y dolidos, que no sabíamos qué había pasado con nuestros viejos ni qué hacer con tanta impunidad. Conocer a Hebe fue nuestra revolución. 

 

Eran los oscuros 90, menemistas, neoliberales, negacionistas y sin futuro. No había palabras para nombrar el pasado. En la tele desfilaban los represores como defensores de la Patria, y la teoría de los dos demonios que equiparaba al Estado terrorista con las organizaciones políticas se presentaba en todo su esplendor. 

 

Y ella nos hablaba de cómo las Madres habían socializado la maternidad. En el sentido inverso al dispositivo neoliberal del sálvese quien pueda, desbordaban el nombre del hijo y de la hija del pañuelo para bordar en punto cruz Aparición con vida de los desaparecidos, Madres de Plaza de Mayo y ser Madres de los 30.000. 

 

Caminar cada jueves en Plaza de Mayo fue durante años el lugar de la certeza. Las marchas de la Resistencia que duraban 24 horas cada diciembre eran espacios de tejer redes y complicidades que todavía nos acompañan. Hebe nos enseñó la potencia de lo colectivo y la dimensión política de nuestra historia. Con osadía, impertinencia, rebeldía fue torciendo el rumbo para hacer cada vez más grande a la democracia.

 

Las Madres armaron un periódico, una Universidad, una radio. Un país. Fueron estrategas de una alianza latinoamericana que unió a Lula con Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Fidel Castro y Néstor Kirchner. Antes de ser presidentes, cada uno de ellos marchó en la Plaza y visitó la Casa, como si se tratara de una embajada.  

 

Viajó por el mundo a acompañar todas las luchas justas que la convocaban. Desde la selva de Chiapas a encontrarse con los zapatistas hasta acompañar al pueblo a resistir los bombardeos de la OTAN en el puente de Belgrado en medio del conflicto de los Balcanes. Y en todas partes, comprobó, se conocía el pañuelo blanco.  

 

Tenía 93 años. Vivió una vida de lucha incansable. Furibunda. Peleadora. Desafiante. Desmesurada. ¿Cómo hubiera podido no sólo sobrevivir, sino vivir intensamente después de la desaparición de sus dos hijos?

 

¿Cómo hubiéramos hecho las hijas y los hijos para creer sin vos? ¿Qué hubiera sido de nuestras vidas sin tu amor? 

 

La gorda, como le vamos a seguir diciendo en el diálogo que tendremos para nuestros adentros con ella toda la vida, no va a entrar tampoco en esta nota. 

 

En la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida.