27|1|2023

El VAR Mundial de los derechos humanos

27 de noviembre de 2022

27 de noviembre de 2022

La FIFA demostró en Qatar que su declamada política antidiscriminación encuentra límites a la hora de contar billetes. ¿Cuál es el juego del sinuoso Infantino?

Desde hace tiempo, la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) y las confederaciones afiliadas a ella se han embarcado en campañas activas contra diferentes formas de discriminación, que incluyen multas y hasta duras sanciones deportivas cuando futbolistas o incluso grupos de hinchas lanzan consignas xenófobas u homofóbicas. Sin embargo, la misma organización ha realizado sus últimas dos Copas del Mundo en países seriamente cuestionados por violar los derechos humanos –Rusia en 2018, Qatar ahora–, en especial los de las personas LGBT, cuyas prácticas sexuales privadas son objeto de leyes que las llevan a la cárcel. ¿En qué quedamos, Gianni Infantino? ¿Cómo funciona el VAR de los derechos humanos de la FIFA?

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Hablar de VAR es, para el público futbolero, hablar de polémicas, de reglas que se aplican de modos muchas veces inentendibles, contradictorios y por conveniencia, reglas, además, establecidas arbitrariamente "desde arriba". Eso mismo hace el organismo con los derechos humanos: los reivindica de modo selectivo como una forma de sportswashing por la mala fama que le provocó el FIFA-gate de 2015, que llevó a prisiones en Estados Unidos a 14 de sus dirigentes y allegados que fueron condenados por corrupción, además de haber derivado en la suspensión de varios más, entre ellos el exmandamás Joseph Blatter y el francés Michel Platini. Eso sí, no hay lavado de cara que interfiera en los negocios, como el que involucró en su momento el otorgamiento de la sede mundialista a Qatar, plagado de denuncias de soborno que no han sido probadas.

 

Más allá de sus declamaciones, la FIFA actual es negligente respecto de la problemática de los derechos humanos, al punto que sus dos últimas sedes – Rusia y Qatar– han sido las más impresentables desde Argentina 1978. En efecto, después de la Copa del Proceso, siguieron España en 1982, México en 1986, Italia en 1990, Estados Unidos en 1994, Francia en 1998, Corea y Japón en 2002, Alemania en 2006, la Sudáfrica post-apartheid en 2010 y Brasil en 2014. No hubo en ninguno de esos casos espacio para mayores polémicas al respecto.

 

Es cierto que dar vía libre a los posicionamientos políticos puede ser un arma de doble filo. En tren de imaginar, eso permitiría que futbolistas de Irán –por dar un ejemplo antojadizo– salieran a la cancha con banderas que dijeran "muerte al Gran Satán y al Pequeño Satán", esto es Estados Unidos e Israel. O que los norteamericanos se manifestaran contra el plan nuclear de Teherán. Concedido eso, hay que señalar que la FIFA activa y desactiva su conciencia como le conviene. En marzo, cuando la invasión a Ucrania ya había tenido lugar, la organización excluyó a la selección de Rusia del repechaje clasificatorio que debía jugar con la de Polonia, mezclando acaso como nunca fútbol y política.

 

La decisión, cabe recordar, seguía la corriente de diversas formas de sanción aplicadas en varios países de Occidente a ciudadanos y ciudadanas de esa nacionalidad, que involucraron la denegación de derechos de personas que nada tenían que ver con las decisiones bélicas de Vladímir Putin. La decisión fue, por otro lado, curiosa cuando apenas cuatro años atrás el propio Infantino andaba a los abrazos con el jefe del Kremlin, quien aún no había invadido Ucrania, pero sí había reprimido brutalmente en Chechenia y otras partes de la Federación y también aplicaba políticas discriminatorias de las diversidades sexuales y de género, además de encarcelar a opositores, envenenar detractores en el exterior y limitar severamente los derechos civiles.

 

En Qatar, los homosexuales pueden ser condenados hasta a siete años de cárcel –las relaciones entre mujeres no están contempladas por la ley–, más allá de los abusos que las organizaciones internacionales defensoras de los derechos humanos reportan permanentemente en el trato a personas gays bajo custodia policial. Aunque se trata de un país con normas más relajadas que en otros del Golfo Pérsico respecto de las libertades de las mujeres, las limitaciones que sufren también deberían ser mencionadas si se habla de derechos humanos, más allá de lo engorroso que resulta hacerlo cuando colisionan el respeto de esos principios y el de libertad de culto.

 

El récord deplorable del país organizador de la Copa del Mundo en materia de trato a las personas homosexuales motivó a siete federaciones europeas –Alemania, Francia, Inglaterra, Bélgica, Suiza, Dinamarca y Gales– a plantear la iniciativa de que los capitanes de sus equipos llevaran los brazaletes one love –"un amor" o “único amor"–, con un número uno estampado sobre los colores del arcoíris.

 

La FIFA las amenazó con amonestarlos, lo que desactivó la campaña. Así, antes del debut de Alemania, un árbitro asistente se acercó cual policía qatarí al arquero y capitán alemán, Manuel Neuer, para confirmar que su brazalete no aludiera a la causa LGBT. El colegiado se quedó tranquilo al comprobar que solo repudiaba las discriminaciones en general y que sus colores eran blanco y negro.

 

La prohibición llevó a los jugadores alemanes a fotografiarse, antes del inicio del partido con Japón, con sus manos tapando sus bocas para denunciar que habían sido censurados.

 

La movida represiva de la FIFA generó lo que suele ocurrir en estos casos: la controversia terminó por darle más visibilidad al tema, con grandes niveles de ventas de los brazaletes multicolores en varios países y con la presencia de funcionarias de gobiernos europeos que asistieron a los partidos luciéndolos en presencia de Infantino. Entre estas se destacaron la canciller belga Hadja Lahbib y la ministra alemana del Interior, Nanci Faeser, lo que motivó al mandamás de la organización a posar sonriente junto a ella.

 

El jefe de esa máquina de hacer dinero que es la FIFA fue interrogado al respecto por la prensa en la víspera de la inauguración de la Copa, ante lo cual dio una explicación curiosa. "Las críticas por el Mundial son hipócritas. Por lo que los europeos hemos hecho durante los últimos tres mil años deberíamos estar pidiendo perdón los próximos tres mil antes de darles lecciones de moral a los demás. Esas lecciones de moral son simplemente hipocresía". Infantino juega al "prende y apaga": en el partido que jugaron esta semana México y Polonia, aficionados mexicanos tuvieron expresiones de ese tipo que están siendo evaluadas, con fines de sanción, por la Comisión Disciplinaria de la FIFA.

 

"Hoy me siento catarí, hoy me siento árabe, hoy me siento africano, hoy me siento gay, hoy me siento discapacitado, hoy me siento un trabajador migrante", añadió en esa conferencia de prensa. "Todo esto me recuerda mi historia personal, porque soy hijo de trabajadores migrantes. Sé lo que quiere decir ser discriminado, ser acosado como extranjero. Como niño fui discriminado en Suiza porque era pelirrojo, porque tenía pecas, era italiano y hablaba mal el alemán", finalizó el dueño del VAR de la indignación.

 

Cuando el negocio qatarí pase, el circo del fútbol internacional comenzará a preparar la cita de 2026, que será en Estados Unidos, Canadá y México. Más allá de los problemas que se registran en esos países en materia de derechos humanos, similares a los que se dan en casi todo el mundo, la cuestión de la penalización de la homosexualidad no estará presente. Por fin conseguirá Infantino un negocio más presentable.