08|1|2023

Los Estados Unidos de Brasil

07 de noviembre de 2022

07 de noviembre de 2022

La actualidad de Washington permite anticipar el futuro del gobierno de Lula da Silva. Polarización, extremismo y el rol de la izquierda aliada.

El 1 de enero, el líder del Partido de los Trabajadores (PT) Luiz Inácio Lula da Silva asumirá como presidente de Brasil y comenzará a enfrentar una tarea titánica en un país atravesado por una alta polarización, por una compleja crisis económica y por una oposición de ultraderecha que anticipa ser inflexible a la hora de enfrentar a su gobierno. A la espera de su tercer mandato, la actualidad de los Estados Unidos, gobernado por el presidente Joe Biden, sirve como un espejismo que permite anticipar algunos desafíos que deberá enfrentar el sucesor del mandatario Jair Bolsonaro. 

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El 20 de enero del año pasado, en su primer discurso como presidente norteamericano, Biden dijo: “La democracia ha prevalecido”. “Esta victoria no es mía, es del pueblo, que hoy dejó en claro que quiere más democracia y no menos”, dijo Lula en su primer discurso luego del ballotage. El principal problema para ambos mandatarios es la alta polarización que quiebra a sus países a raíz de dos discursos de ultraderecha que son, a la vez, aliados: Donald Trump en Washington y Bolsonaro en Brasilia. El líder demócrata convocó a “derrotar el terrorismo interno y al supremacismo blanco”, mientras que el petista llamó a “bajar las armas que nunca debieron ser empuñadas”. 

 

El accionar de Trump y Bolsonaro frente a sus respectivas derrotas también es similar y sirve para pronosticar el tipo de oposición que formarán. Más de 40 horas tardó el jefe de Estado brasileño en hablar después de las elecciones y en abandonar sus sueños golpistas para seguir en el poder a pesar de la voluntd popular en su contra. El magnate neoyorquino también denunció irregularidades en la victoria demócrata y su base electoral más dura tomó el Capitolio cuando el Poder Legislativo se disponía a confirmar el triunfo de la oposición. 

 

Los bloqueos de rutas que realizaron las bases bolsonaristas más duras, incentivados por el propio presidente, que pedían, como relató Letra P, el despliegue de las fuerzas armadas para dar un golpe de Estado y evitar la asunción del PT, no permiten descartar este escenario futuro para Brasil. Ante un sistema que logró operar en bloque para defender la democracia y limitar el margen de maniobra presidencial, Bolsonaro encuentra en estos reductos de su electorado la única fuente para soñar con una permanencia en el poder más allá de enero. En el gigante sudamericano, el Congreso no debe legitimar el resultado de las urnas como en Estados Unidos, pero una avanzada de las bases más radicalizadas todavía no se descarta. 

 

El peso gravitacional que tiene Trump en las elecciones legislativas de su país de este martes permite anticipar el futuro rol de Bolsonaro. A pesar de perder su reelección, el magnate logró englobar su discurso dentro de su partido y destronar a todas aquellas fuerzas que en un primer momento lo vieron como un hombre malcriado. El líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, dejó de responsabilizar al expresidente por el ataque sobre el Capitolio y se dedicó a entorpecer las distintas investigaciones que se abrieron al respecto, mientras que la diputada Liz Cheney, una de las republicanas más importantes de la Cámara baja, sufrió una fuerte derrota en sus primarias luego de apoyar el juicio política contra Trump. El movimiento MAGA (Make American Great Again) dejó los bordes del partido y hoy, en la actualidad, es el partido.

 

Su futuro aún no es claro, pero los números que consiguió Bolsonaro anticipan que seguirá ocupando un cargo alto en el devenir de Brasil ya no desde el oficialismo, pero sí desde la oposición. El 49% de los votos que consiguió, que le dieron 99 bancas en la Cámara de Diputados y 14 en el Senado que convertirán a su fuerza política, el Partido Liberal (PL), en la minoría más importante del Poder Legislativo, le darán un poder de decisión que se verá fortalecido, a la vez, por la ausencia de otra oposición fuerte al próximo gobierno del PT. Por cuestiones históricas y políticas, en Estados Unidos no existen las terceras fuerzas, pero en Brasil el bolsonarismo logró comérselas. El histórico Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y el Movimiento Democrático Brasileño (MDB) fueron derribados por la avanzada del exmilitar y ya no cuentan con las herramientas que tuvieron en el pasado para oponerse a Lula, quien tendrá como oposición al sector más extremista. 

 

Este tipo de oposición y de polarización limitará considerablemente el margen de maniobra de Lula III, quien deberá exhibir una gran cintura política, como ya ha hecho, para avanzar con pie de plomo en su programa de gobierno. De cara a estas elecciones legislativas, Biden presenta como uno de sus principales logros su programa ambiental y promete impulsar la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo. El conservadurismo republicano limitó su administración a escasos logros, lo que le generó otro problema: la crítica de la izquierda de su partido, que le demanda una mayor ambición económica, social y política. 

 

Con esta polarización, esta oposición y la crisis económica, el tercer gobierno de Lula no será como sus dos primeros, cuando logró sacar de la pobreza a 40 millones de personas de la mano de un importante ascenso social de los sectores más postergados. Ante esa situación, ¿qué hará el progresismo duro que apoyó a Lula en estas elecciones? ¿Demandará, criticará y limitará su gobierno por izquierda? ¿Aceptará las condiciones del juego, callará y apoyará de forma pragmática? Algunas figuras demócratas en el Norte y algunos sectores del kirchnerismo en Argentina han avivado el fuego amigo. Con estos antecedentes, la interna de Lula no se anticipa fácil.