03|12|2022

“La política de masculinidades es una cuenta pendiente en el Estado”

15 de febrero de 2022

15 de febrero de 2022

Referente en el trabajo contra las resistencias de los varones, tiene a su cargo la implementación de la Ley Micaela en Santa Fe. Paridad, cargos y poder.

Flamante secretario de Formación y Capacitación para la Igualdad del Ministerio de Igualdad, Género y Diversidad de Santa Fe, Luciano Fabbri es uno de los principales referentes del trabajo sobre masculinidades en la Argentina y en América Latina. Politólogo, doctor en Ciencias Sociales, creador del primer grupo de Varones Antipatriarcales e integrante del Instituto de Masculinidades y Cambio Social, Fabbri fue convocado por la ministra Florencia Marinaro y aceptó dejar su lugar como coordinador del área de Géneros y Sexualidades de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) –que compartía con Florencia Rovetto- para ocupar un cargo en el gobierno provincial. El funcionario habló con Letra P sobre los principales desafíos de su gestión y las deudas de la política con las mujeres.

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-¿Por qué tomó la decisión de pasar de la academia y el trabajo en la sociedad civil a la gestión?

 

-Fue un salto de un lugar de mayor comodidad y costumbre -la militancia social, el activismo y el trabajo académico- a ser parte de un proceso reciente que venimos atravesando en nuestro país: la institucionalización y la jerarquización de las políticas de género y diversidad en las diferentes instituciones públicas. En ese caso, tuvo que ver con la creación de la primera Área de Género y Sexualidades en el máximo nivel de una estructura de gestión en una universidad pública nacional. En este contexto, la propuesta que me acerca Florencia Marinaro como nueva ministra de Igualdad, Género y Diversidad de la provincia también se inscribe en este proceso.

 

-¿Cuáles fueron las etapas de ese proceso?

 

-Hasta hace dos años y medio, a nivel provincial, contábamos con una subsecretaría. Lo primero que hace el gobernador Omar Perotti cuando asume es jerarquizarla a Secretaría de Estado y, dos años después, a Ministerio. Mis primeras incursiones en el activismo, en el año 2000, son de un fuerte desencanto con la representación política. De repente, 20 años después, encontrarme siendo parte de la conducción política de procesos institucionales en el gobierno tiene que ver con toda una trayectoria que es común a muchos compañeros y compañeras de mi generación. La apuesta es traer parte de nuestra experiencia vinculada al activismo, al trabajo sobre masculinidades y al trabajo académico a una política de gobierno.

 

-¿Cuáles son las urgencias?

 

-En mi Secretaría está inscripta toda la política de Ley Micaela, que ya es un montonazo. El año pasado aprobaron la formación unas 11 mil personas que son agentes del Estado. Necesitamos llegar a muchísimas más. Es un desafío en términos de la formación y la capacitación orientada a los diferentes escalafones de la administración central, pero también a que la Ley Micaela no llegue solo al funcionariado y a quienes trabajan en el Estado, sino que llegue a toda la sociedad civil: clubes, sindicatos, el sector privado. Otro desafío es trabajar con todos los municipios y comunas. La Ley Micaela debe llegar además a la ciudadanía, con un anclaje territorial que permita que no solo aquellas personas que están en el circuito del trabajo estatal o de los poderes del Estado accedan a esa política de sensibilización y de capacitación.

 

-¿Esto incluye la política sobre masculinidades?

 

-La política de masculinidades es una cuenta pendiente en todos los niveles del Estado. Yuyo García (el padre de Micaela García) suele decir que la Ley Micaela no puede ser una formación para los convencidos y convencidas, sino que precisamente necesita llegar a aquellas personas que más resistencia o indiferencia presentan ante esta agenda. En buena medida, esas personas son varones cisgénero heterosexuales. Por eso es necesario articular las políticas de capacitación en género con un enfoque de masculinidades.

 

-¿Qué acciones tienen planificadas?

 

-Estamos empezando a trabajar en un programa que presentaremos en abril, denominado “Masculinidades por la igualdad”. Tiene una agenda orientada al trabajo en los territorios y con las juventudes, en clave de formación de formadores, dirigido al funcionariado de la administración central, municipios y comunas y agentes del Estado. Luego, algo que me parece estratégico y que voy a hacer lo posible para que en estos dos años de gestión se pueda materializar y consolidar, que es transversalizar ese enfoque, que no solo sea una política del Ministerio de Género, sino que, con los ministerios de Seguridad, Salud y Educación, podamos pensar algunas políticas de articulación en la formación de trabajadores y profesionales, para que empiecen a incorporar esta perspectiva en sus espacios laborales.

 

Fabbri, Marinaro y Sol Rodríguez, nueva directora provincial de Capacitación en Género y Diversidad de Santa Fe.

-La demanda del movimiento de mujeres y de los feminismos está centralizada en la urgencia de proteger a las mujeres víctimas de violencia de género. ¿Es urgente también el trabajo con los varones?

 

-Una cosa se desprende de la otra, aunque no todo el mundo lo interpreta de la misma manera. Es parte de una estrategia integral para revertir las desigualdades y violencias basadas en género y de una política integral de protección hacia las mujeres y las niñas. Es fundamental no solo formar profesionales e instalar agendas sobre la necesidad de trabajar con los varones agresores, sino también tener políticas pedagógicas, no restringidas a la orden de lo punitivo, en clave de sensibilización, de formación, de capacitación, con llegada al territorio. Esa agenda me compete desde esta secretaría.

 

Relaciones de poder

-En estos días se instaló una conversación pública sobre la medida del Presidente de frenar los nombramientos de varones hasta equilibrar la balanza. ¿Cómo ve las resistencias que produce esta decisión aun dentro del propio Gobierno?

 

-Mi investigación doctoral es sobre los procesos de despatriarcalización de las organizaciones sociales y populares, puntualmente identificando las prácticas de resistencia de los varones militantes a esos procesos. No hemos superado, pero sí de algún modo erosionado las resistencias más activas y explícitas, en el marco de esos procesos de democratización de las relaciones de género en la política. Al mismo tiempo, se van fortaleciendo resistencias más del orden de lo micromachista, más sutiles, más políticamente correctas, más difíciles de visibilizar.

 

-¿Cómo se opera frente a esas nuevas resistencias?

 

-Es donde tenemos que hilar un poco más fino y construir los dispositivos pedagógicos que nos permitan trascenderlas. El enfoque metodológico y pedagógico con el que abordamos estas problemáticas es clave porque de lo contrario vamos instalando ciertos discursos, de la deconstrucción, del aliado, que quedan en la superficie, pero que no hacen mella en las prácticas y por lo tanto no provocan transformaciones estructurales. En el principio de los 2000 muchas compañeras de las organizaciones populares tenían una frase que era parte de una canción que decía “cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede, crece la organización”. Lo que está cada vez más en agenda es que en algunos casos sí es necesario que los hombres retrocedamos para que las compañeras avancen y eso no está mal. Lo que pasa es que nos genera resistencias porque implica cuestionar posiciones de privilegio que hemos tenido históricamente naturalizadas.

 

-¿La falta de espacio para los liderazgos feministas es un problema para que las mujeres avancen en la política?

 

-Es muy importante seguir alentando los liderazgos femeninos y feministas. Tenemos a una ministra joven, que viene de la militancia. Su designación como ministra tiene que ver con la designación de su antecesora, Celia Arena, como ministra de Gobierno, y ese es un movimiento político importante que pone a las mujeres en lugares de jerarquía en la agenda política santafesina, no solo para las políticas de género y diversidad, sino desde una mirada política integral que disputa esos espacios históricamente monopolio de los varones.