06|11|2022

Ucrania tupacamariza más la política exterior de Fernández, el equilibrista

23 de febrero de 2022

23 de febrero de 2022

Un conflicto lejano, un comunicado ambiguo y una vocación nacional por recuperar. Necesidades, urgencias y lo que impone Malvinas. Juntos por el Imperio.

El conflicto entre la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y Rusia por la delimitación de sus zonas de influencia en Europa del Este en general y en Ucrania en particular metió la cola entre el Gobierno y la oposición, lo que mostró al primero haciendo equilibrio en función de su visión multilateral y a la segunda, reclamando un alineamiento total con Estados Unidos. Todo da para el ruido en la Argentina, pero lo más sensato sería preguntarse dónde radica verdaderamente el interés nacional, algo que parece inalcanzable cuando la Casa Rosada se desgarra entre las necesidades contrastantes del corto y del largo plazo.

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Tras sopesar la conveniencia de privilegiar los principios o las urgencias, la Cancillería emitió el martes un comunicado de dos párrafos que “expresa su preocupación por el desarrollo de la situación generada en Ucrania” y “reafirma la necesidad de que todas las partes involucradas avancen en una negociación diplomática (…) con apego a los principios de la Carta de las Naciones Unidas y el derecho Internacional, la solución pacífica de las controversias, el no uso de la fuerza entre Estados y con pleno respeto de los derechos humanos”.

 

El texto sorprende al evitar siquiera mencionar a las partes en pugna, esto es a Rusia, a Estados Unidos y a la Alianza Atlántica. Tampoco se refiere a los separatistas prorrusos de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, ubicadas en el este de Ucrania, junto a la frontera con el primero de aquellos países y cuya independencia acaba de ser reconocida por Vladímir Putin. Por caso, contrastó –más en la forma que en el fondo– con el que emitió Itamaraty, que también supuso una expresión de buenos deseos, pero al menos consiguió dar a cada una de las partes alguna validación de sus intereses.

 

Según supo Letra P, el comunicado nacional surgió de borradores que elaboraron el vicecanciller Pablo Tettamanti y el embajador en Rusia, Eduardo Zuain, pero terminó de cobrar forma en los diálogos que mantuvieron el equilibrista Alberto Fernández y Santiago Cafiero.

 

De esa cocina salió un pronunciamiento escueto, que buscó atender a la vez la tradición argentina de abogar por la solución pacífica de controversias y la conveniencia de no meter al Gobierno en el barro de un conflicto lejano y complejo, pero que a la larga podría afectar al país en lo económico.

 

La apuesta fue, finalmente, a un multilateralismo pleno, tal como el que buscó el propio Presidente en su reciente visita a Moscú, de por sí difícil por su timing dado que la crisis ucraniana ya venía escalando y complicada por algunas salidas de libreto del jefe de Estado.

 

Para la oposición, la cuestión es más sencilla y, aunque con cierta ironía, cabría reconocerle coherencia. El reclamo de “un pronunciamiento contundente” –léase proestadounidense– realizado por la Mesa Federal de Juntos por el Cambio va más allá de la tendencia a la crítica de cualquier grupo que construye poder desde el llano y va en línea con lo hecho por esa alianza cuando estuvo en el poder y lo que cabría esperar de ella en caso de regresar a él.

 

Para un país urgido en todos los frentes es tan difícil resistir los aprietes de los “aliados” poderosos como resignar su necesidad de hacer una política multilateral. En efecto, Argentina necesita el apoyo de Estados Unidos en una puja con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que no hará más que comenzar con la firma de un acuerdo que tendrá un horizonte de diez años, pero también requiere lo que países como Rusia y sobre todo China puedan ofrecerle en términos de inversiones y comercio. Tanto con el Partido Republicano como con el Demócrata, Washington reclama lealtades en esta parte del mundo, pero siempre se olvida la billetera en casa. En eso y en las asperezas de la interna con el cristinismo dentro del Frente de Todos radica el eterno dilema diplomático de Fernández.

 

Si Argentina recuperara alguna vez el peso internacional que, sin exagerar pero sin subestimarse, debería tener, le cabría preguntarse qué de lo propio se juega en una cuestión a priori ajena como el reparto del poder en Europa del Este.

 

Si la causa Malvinas es, se supone, una cuestión de Estado, el país debería alinearse con uno de los dos principios más básicos y a veces contrastantes de la política internacional. En ese sentido, aunque con posibles matices, claro, tendría que privilegiar la preservación de la integridad territorial de los Estados por encima del derecho a la autodeterminación de los pueblos.

 

Eso –que no implica de ningún modo ignorar aspiraciones nacionales legítimas, pero sí mucho cuidado en materia de separatismos– es producto de la primera de las disposiciones transitorias de la Constitución, que establece que “la Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional”.

 

“La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes, y conforme a los principios del derecho internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”, añade. El país contempla así los “intereses”, pero no los “deseos” de los kelpers, que bregan por ser reconocidos como un “pueblo” que, si bien optó por mantener su estatus colonial respecto del Reino Unido en el referendo de 2013, en el futuro podría cambiar y optar por la autodeterminación. La Argentina no puede admitir eso y debe señalar, en cada foro, el carácter implantado de una población que a duras penas podría colmar el teatro Gran Rex.

 

Así, al privilegiar su integridad territorial, lo que por imposición constitucional incluye a las islas del Atlántico Sur, el país debe ser también muy cuidadoso en otros conflictos, como el que enfrenta a Israel y Palestina. En efecto, la instalación de colonias israelíes en territorio árabe debería ser siempre inaceptable para nuestro país y no dar ningún derecho a esa población implantada por encima de la necesidad de preservar la integridad del territorio del Estado Palestino que reconoció en 2010.

 

Si en el caso de Ucrania la postura de Juntos por el Cambio se apega a ese principio, diverge de él en el caso de Medio Oriente. En efecto, en la oposición prima menos la defensa del interés nacional a través de principios diplomáticos y jurídicos que la vocación ideológica de alineamiento con Estados Unidos.

 

Como se vio, con su prescindencia y la reiterada tupacamarización de sus pronunciamientos, tampoco el Gobierno actual es del todo coherente con lo que demandaría la causa Malvinas en términos de posicionamientos internacionales.

 

En el fondo, unos y otros piensan la política exterior como el producto de una madeja indescifrable de necesidades, urgencias y prejuicios ideológicos. El interés nacional nos lo deben.