11|5|2022

En poco tiempo se completará la cuenta regresiva; un proceso iniciado en noviembre de 1969, cuando se conectaron las primeras computadoras entre la UCLA y la Universidad de Stanford. Así, cuando la última persona del planeta se conecte a la red, el definitivo achicamiento del mundo será real. Fue un proceso imprevisto, meteórico y contagioso. Como un virus. No es una paradoja que su última etapa, la más feroz de conversión digital, se produzca en simultáneo con el virus del Covid -19 que paró a la humanidad durante dos años, acelerando lo que ya estaba en marcha. Desde ese día, el mundo digital será como la tierra para los habitantes del mundo feudal: nadie podrá escapar de ella, entrando definitivamente en las formas tecnológicas de vida.

 

Según Hootsuite, el promedio de conexión de los usuarios a la red es de seis horas diarias y varía en las diferentes regiones del globo. Todavía es menor en África que en el resto de los continentes y también al interior de los países. El mapa digital también es un mapa de desigualdad, como pudimos comprobarlo a lo largo de la cuarentena.

 

En Argentina, más del 20% de las familias no contaba con acceso a la red en sus hogares y en el 40% había sólo un equipo en el grupo familiar. Paradójicamente, la red creció paralela al crecimiento de la desigualdad global, como lo demuestra el voluminoso informe de Thomas Piketty. Ese desequilibrio es similar al que existía antes del crack del 29, cuando, luego de la guerra, el Estado de Bienestar buscó equilibrar la balanza. Fueron los gloriosos treinta (1945-1975), aunque no les guste ese nombre a los economistas liberales, los de mayor avance en la lucha contra la desigualdad.

 

En este contexto, es evidente la importancia de formar a las nuevas generaciones para este mundo tecnológico. ¿Cómo ha sido la inversión en tecnología educativa? Esta pregunta es la clave de un informe reciente, realizado por los investigadores Alejandro Andlovec, Gabriela Catri, Martin Nistal y Victor Volam para Argentinos por la Educación, en el que analizan la inversión realizada por el Ministerio de Educación desde 2010.

 

Allí observan que, un año después del lanzamiento del Programa Conectar Igualdad, la inversión era del 13% del presupuesto total del ministerio. Si tomamos los cuatro años siguientes, período que abarca la gestión del Alberto Sileoni como ministro, los datos son contundentes: un 4% para 2012, 9% para 2013, un 7,4% para 2014 y un 3,7 % para 2015. En 2016/2017, el Programa se descontinúa, con el pretexto de que la distribución de notebooks era populismo. Por cierto, una paradoja, ya que, como muchos saben, el Programa Conectar igualdad fue una réplica del programa One Laptop per Child que las Naciones Unidas lanzaron a principios del siglo XXI y que las Cumbres de Ginebra (2003) y Túnez (2005) habían tomado como propio bajo los auspicios de Nicholas Negroponte desde el MIT. 

 

Después de un descenso en la inversión entre 2016 y 2017, con 2,3% y 2,8% respectivamente, en 2018 el gobierno de Macri cambia el nombre del programa para llamarlo Plan Nacional Integral de Educación Digital, pero no es el único cambio: allí, la inversión es la más baja de todo el periodo, con 1,9% en 2018 y 0,9% en 2019. En 2020, la inversión sigue baja (0,8%) como consecuencia de las dificultades que presenta la pandemia. Recién al año siguiente se verifica un repunte, con una imputación de 3,8%. En enero de este año, además, se refuerza la iniciativa con la restitución del Programa Conectar Igualdad, sobre el que se articulan las inversiones provinciales, como es el caso de Buenos Aires, que lleva adelante una primera licitación para la compra de 114.000 notebooks con un presupuesto de 3.700 millones de pesos.

 

Para 2022, el Programa Conectar Igualdad tiene previsto conectar la totalidad de los establecimientos del país (40.000 escuelas), aumentar la cobertura de banda ancha en todas las jurisdicciones educativas y distribuir cerca de 500.000 notebooks.

 

No todo son computadoras

La cuestión de la incorporación de las tecnologías en el ámbito educativo no se reduce a la entrega de equipos a los estudiantes; hay dimensiones de gestión que empiezan a ser vitales, como la carga de altas y bajas docentes desde los establecimientos educativos que, si bien hoy pueden realizarse online, todavía falta que avance en la totalidad del territorio.

 

En 2019, había todavía seis mil establecimientos sin conectar a la red. Durante 2021, se achicó a la mitad esta cifra y se planifica llegar a la totalidad en 2022. Por supuesto que la pandemia aceleró otros procesos de digitalización, como los Actos Públicos Digitales, y, por supuesto, la formación docente en cursos y carreras que comienzan a dictarse bajo modalidades virtuales. Así, la transformación tecnológica del sistema es inexorable y de una profundidad que todavía no alcanzamos a vislumbrar.

 

¿Se demorará mucho más que la conectividad global? Es difícil decirlo, pero es evidente que es definitiva. ¿Hay resistencias? Si. ¿Hay dimensiones sobre las que el impacto del mundo tecnológico será menor? También sí. Nadie imagina que un docente pueda ser reemplazado por un robot o por un algoritmo. Finalmente, nuestra tarea de curaduría, de contextualización, de transferencia del conocimiento es imprescindible en este mundo donde la abundancia informativa comienza ser, paradójicamente, un problema: ciberodio, fake news, posverdad son claramente significantes de una época de convulsiones. Así, estar más informados no necesariamente significa estar mejor informados.

 

Sin embargo, una de las dimensiones del cambio fundamental que imponen las tecnologías digitales en la educación gira en torno al tiempo de aprendizaje y el espacio de la escuela. Por un lado, el tiempo aquel que se configuraba alrededor de la clase comienza a volverse más laxo, más atemporal. Tablets, celulares y wifi permiten extender la jornada escolar y volverla fluida; de ahí la clave de la distribución de equipos y la capacitación de docentes.

 

Por otro lado, la escuela como fuerte frente a la barbarie, sobre la que Sarmiento había ideado el rol de la escuela en el siglo XIX, se modifica sustancialmente cuando el conocimiento perfora las paredes de los establecimientos educativos y se desterritorializa. Programas de e-learning, universidades online y bibliotecas digitales, permiten y facilitan instancias de enseñanza y acreditación del conocimiento que se vuelven formas cada vez más accesibles en las que la escuela es más un nodo en la trama de circuitos de aprendizaje que un punto de llegada. Idear una escuela más flexible a las innovaciones, centrada en los aprendizajes, es clave.

 

El desafío está planteado. Si la imprenta fue clave en la transformación de las formas de transmisión del conocimiento en el mundo feudal porque derrumbó la tradición de la escolástica, el mundo digital produce otra nueva revolución del conocimiento. Descentrado, flexible, autónomo, el saber circula por las manos de la gente, en sus celulares, en sus pantallas... Articular ese potencial es la misión fundamental de la escuela y los docentes.

 

Con todo, no somos ingenuos. El capitalismo cognitivo intenta un nuevo cerco a la circulación del saber: busca controlarlo aprovechándose de nuestra plusvalía conductual. Sujetos atados a un capitalismo de plataformas somos interpelados como consumidores, pero también podemos serlo como ciudadanos; movimientos como el #metoo o #yosoy123 lo atestiguan.

 

En el contexto de un nuevo ciclo de concentración del poder y el conocimiento, la escuela puede recuperar su centralidad de interpelación y aprendizaje, donde la cantidad se convierta nuevamente en calidad y su misión crítica original vuelva a ponerla de relieve.