26|9|2022

La referente de la UTT reclama políticas públicas que impulsen un modelo productivo autónomo y un comercio directo entre productores y consumidores.

Para discutir el precio de los alimentos hay que discutir el modelo de producción: tenemos que empezar a enterarnos que el aceite, el arroz, la verdura, el morrón, la carne que llegan a nuestras mesas responden a un sistema agroalimentario concentrado vinculado al alimento como mercancía. 

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Hoy, el modelo de producción dominante de frutas y verduras en la Argentina tiene la tierra en manos de un puñado de familias a quienes los que producimos les tenemos que alquilar. Además, no existe una industria nacional de semillas y entonces dependemos de seis multinacionales que las producen y también de sus productos fitosanitarios. Que no sólo son caros, sino que son altamente tóxicos y están prohibidos en muchas partes del mundo, incluidos los países en donde se producen. 

 

Nosotros proponemos un modelo con agroecología, con semillas criollas, con bioinsumos. Una forma de trabajar y alimentarnos completamente diferente. Y además de proponerlo, lo estamos impulsando. Pero sólo se puede lograr con una decisión de Estado que considere la comida un bien común: construir un modelo de producción autónomo e independiente sólo es posible con políticas públicas. 

 

Nuestros productos, los de la UTT, no se pueden conseguir hoy en un supermercado porque los supermercados son monopolios que generan dumping -compran toda la producción de un lugar y lo venden como quieren- y que imponen precios. Además, no tenemos logística y entonces no podemos llegar muy lejos por nuestra cuenta, porque la verdura es un producto perecedero. 

 

Hoy hay intentos como la “Nave de la agricultura familiar” que creó el Mercado Central, pero el 80 por ciento de las verduras van a cadenas de comercialización que tienen muchos intermediarios y que encarecen el producto para los consumidores. Hay muchas trabas para que los productores podamos participar de canales directos de comercialización y la única razón de esas trabas es que los monopolios manejan esos canales directos.   

 

Esto también tiene consecuencias en lo que llega a las casas argentinas: llegan productos llenos de veneno, porque el SENASA considera inocuo un producto repleto de glifosato y no considera inocuo un queso artesanal. Entonces, también hay que discutir las reglas de juego y trabajar en la educación alimentaria. 

 

Nos pusieron sobre los ojos la góndola y esa góndola no nos deja ver las relaciones injustas de producción ni lo mal que comemos ni todo lo que genera en el medioambiente esa industria alimentaria favorecida por el sistema: ese modelo de producción de mercancías y no de alimentos daña la naturaleza porque genera un paquete tecnológica para poder producir que es en dólares, que depende de la industria del petróleo, que envenena a la población y que explota a los productores.