01|7|2022

2010-2022, entre censo y censo: del kirchnerismo en auge al pronóstico reservado

22 de mayo de 2022

22 de mayo de 2022

Del proyecto K a la reagrupación de tribus dispersas. Liderazgo se busca. ¿Modelo Néstor y modelo Cristina? Políticas aplaudidas, gobierno repudiado.

La realización del censo reprodujo el último miércoles, en la memoria colectiva, la jornada del 27 de octubre de 2010, cuando –en medio de un proceso análogo– la Argentina se detuvo ante la noticia de que Néstor Kirchner acababa de morir. La efemérides brinda una excusa para poner una muestra del agua que corrió bajo el puente en los últimos 12 años dentro de un tubo y analizarla. Eso podría ayudar a entender qué pasó desde el momento en que el proyecto político prevaleciente desde 2003 se encaminaba a obtener su triunfo más rutilante en las elecciones de 2011 y la actualidad, cuando –bajo el rótulo de Frente de Todos– no encuentra más que peleas internas y una valoración social en declive que pone en cuestión, incluso, que sea capaz de llegar al segundo turno en los comicios del año que viene.

 

El Frente de Todos puede ser interpretado de distintas formas. Por un lado, es la reunión, en clave de alianza, de los sectores del peronismo que se han desgajado formalmente o que, cuando menos, se han desentendido de la marca "Partido Justicialista". En paralelo, también puede ser visto como la recreación de un kirchnerismo que en 2010 era un sector unitario y que en 2019 devino en la confluencia condicionada del cristinismo, el massismo, el peronismo de las provincias y, dentro de este último, el muy particular de la de Buenos Aires. Al frente de esas tribus quedó el viejo jefe de Gabinete Alberto Fernández, quien, como recordó hace poco Cristina Fernández de Kirchner, entonces no representaba nada más que a sí mismo, fórmula supuestamente perfecta para encarnar la síntesis sin un interés personal.

 

La cuestión central es que este neokirchnerismo no funciona. Los ejercicios contrafácticos son inútiles, pero se puede pensar que, con el malogrado Néstor Kirchner al frente, la etapa 2011-2015 –a priori, suya– no habría acumulado tantos desequilibrios macroeconómicos que pesan incluso en el presente. En ese sentido, podría decirse que el 27 de octubre de 2010 nació el cristinismo, versión 2.0, cualitativamente diferente, del proyecto original.

 

No es casual que lo que había estado unido hasta entonces se haya separado luego. Tras su renuncia, Alberto Fernández inició una larga deriva, Sergio Massa fue y vino innumerables veces y llegó tan lejos como a las fronteras del macrismo, los peronismos adoptaron variantes francamente conservadoras en Córdoba y Santa Fe y los jefes comunales bonaerenses pusieron en marcha un proyecto de autonomía que todo el tiempo es interrumpido por algún interventor.

 

Lo que sobró, para que las cosas se dieran como se dieron, fue desgaste natural de un proyecto que ha gobernado la Argentina incluso más largamente que el propio Juan Perón: 15 años desde 2003, si se incluye el actual período, contra menos de diez del general en sus dos etapas. En tanto, al menos desde que el cristinismo inició su cuarto menguante, en 2013, lo que faltó fue liderazgo de síntesis, evidencia que quema los ojos en medio de las reyertas del presente.

 

¿Qué cambió?

 

En primer lugar, las figuras centrales del neokirchnerismo de coalición ya no conforman la dirigencia alineada de la primera década del siglo.

 

Segundo, ha cambiado el mundo, primero con una pandemia sanitariamente trágica, económicamente destructiva y políticamente disolvente; luego, con una guerra en Europa.

 

Tercero, las condiciones económicas locales. El estallido de 2001 derivó en un ajuste sin precedentes debido a la devaluación que le siguió, la que –paradójicamente– sentó las bases de un proceso intenso de monetización, gasto, beneficios sociales y crecimiento, todo en un marco de remarcables e inéditas solvencia fiscal y estabilidad de precios. La deuda era un problema gigantesco, pero el auge económico, basado en materias primas en subida, la hacía manejable a través de una renegociación. La presencia del Fondo Monetario Internacional (FMI), anclada en un préstamo de 10.000 millones de dólares que fue posible cancelar de una sola vez en 2005, tenía patas más cortas.

 

La pandemia generó en el país una depresión productiva similar a la de aquella gran crisis, pero la salida sin ajuste no dejó margen para una expansión tan duradera como la posterior a 2002-2003. Las commodities hoy también vuelan, pero la guerra en Ucrania genera una inflación internacional que complica el manejo de la propia, la que, a diferencia del primer kirchnerismo, resulta al menos diez veces mayor. Asimismo, la expansión monetaria de las grandes potencias durante el Gran Confinamiento es la causa –aunque Cristina Kirchner no crea en esas cosas– del resto de la inflación global del presente, lo que obliga a los bancos centrales a recoger el barrilete y a anticipar una era de ajuste y menor crecimiento. La deuda, por último, ha sido refinanciada, pero, a diferencia de lo ocurrido después de la renegociación de 2005, nadie cree que pueda ser pagada, lo que explica que ese año el riesgo país se haya desplomado y que en la actualidad siga flirteando con un nivel de 2.000 puntos básicos, propio de un país en default anunciado.

 

En cuarto lugar, diferencias ideológicas que con Néstor al mando no se percibían hoy estallan con máxima sonoridad, lo que señala la mayor carencia del momento: aun siendo considerable, el liderazgo de Cristina es insuficiente para contener a las partes y el de Alberto, más todavía.

 

«Nadie termina de explicar hacia dónde se dirige el país. ¿Ocurre que esta es la hora de los sacrificios o que el Presidente no advierte que existe un atajo mágico para salir sin dolor de la racha de reveses en cadena?»

La sexta diferencia es, acaso, la definitiva: la acción de un gobierno que sumó errores no forzados a un contexto que –hay que reconocerlo– ha sido francamente adverso.

 

Encuestas a las que accedió Letra P, pero que aún no han tenido difusión pública, muestran una llamativa dicotomía entre una ponderación negativa del Gobierno y del desempeño de Alberto Fernández en general y una satisfacción social elevada con muchas de las políticas troncales de la administración panperonista: la campaña de vacunación, el IFE y el ATP durante el confinamiento, el plan Procrear, la tarjeta Alimentar, los bonos entregados a jubilados y receptores de programas sociales, el Previaje y hasta los Precios Cuidados, entre otras. La inflación –llamada Martín Guzmán para la vice– es, desde ya, un talón de Aquiles de cristal.

 

Para entender esa cuestión, este medio consultó al analista Gustavo Córdoba, quien dijo que en las mediciones se da "algo realmente interesante: salvo la cuestión antiinflacionaria, el resto de las políticas del Gobierno registran niveles de aprobación altos o muy altos, pero, a pesar de eso, la valoración general del Gobierno es mala o muy mala y recibe un rechazo cada vez mayor".

 

"El Frente de Todos nunca logró vincularse de manera efectiva con la sociedad. Aunque es imperativo hacerlo y sería positivo que ocurriera, la idea de recomponer ese lazo es demasiado tardía porque los tiempos electorales están a la vuelta de la esquina", finalizó Córdoba.

 

Entre peleas feroces; ataques personales; cartas, tuits y discursos incendiarios; diferencias ideológicas más propias de grupos antagónicos que de miembros de una misma alianza, lo que falta es un sentido de rumbo.

 

Ni el cristinismo ni la estructura cupular llamada "albertismo" –por no hablar de quienes miran la balacera cruzada sin entender dónde deben resguardarse– terminan de explicarle a la sociedad que sufre tanto por la suba sin control de los precios como por el derretimiento persistente de sus ingresos hacia dónde se dirige el país. ¿Ocurre que esta es la hora de los sacrificios o que el Presidente no advierte que existe un atajo mágico para salir sin dolor de la racha de reveses en cadena? En todo caso, ¿cuáles son los objetivos, cuáles los plazos?

 

El Frente de Todos no tiene un relato eficaz para darle sentido al presente y ni siquiera es seguro que tenga varios en pugna. Lo que sobra es confusión.

 

En política, hay una sola cosa peor que tener una mala narrativa: no tener ninguna. Que Javier Milei diga si eso no es así.