28|7|2022

El Gobierno se marca solo

16 de junio de 2022

16 de junio de 2022

El juez Rafecas lo sacó del lodazal en el que se había metido solito cuando empetroló el gasoducto Néstor Kirchner. Doce días de suplicio autoinfligido.

"No interrumpas al enemigo cuando se está equivocando". (Napoléon Bonaparte)

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En los picaditos del barrio, cuando un pibe hacía una y otra de más y terminaba enredado en sus piernas, mareado en su calesita eterna, algún rival solía advertirles a sus compañeros: a ese déjenlo, que se marca solo. La frase podría ser una reversión argenta de la máxima del genio francés de la guerra y cobra vigencia con la decisión del juez federal Daniel Rafecas de cerrar, apenas diez días después de haberla abierto, la investigación para determinar si el proceso administrativo para la construcción del gasoducto Néstor Kirchner estaba manchado con las máculas de la corrupción, una sombra que el propio Gobierno, solito, se había echado encima, como si le faltaran problemas.

 

¿Fue una investigación de Hugo Alconada Mon la que sembró sospechas sobre la licitación de la obra más importante que tiene por hacer la administración peronista? ¿Rafecas partió de una de las típicas denuncias/clipping de Elisa Carrió? ¿La dipudetective Graciela Ocaña encontró una pista que la condujo hasta un pelo en un huevo? Nada de eso.

 

Hace 12 días, un ministro del gabinete del presidente Alberto Fernández sugirió, en un off the record plagado de huellas, que el cristinismo enquistado en la Secretaría de Energía había cocido a medida de Techint los pliegos para la compra de los caños que deben transportar el gas desde Neuquén hasta Buenos Aires. Para qué te traje, Matías.

 

Al día siguiente, la vicepresidenta de la Nación, acaso en un acto reflejo de defensa anti-lawfare, se declaró públicamente ofendida y escaló el impacto mediático del asunto con todo el peso de su cuenta de Twitter: Para qué te traje, Cristina.

 

Desde entonces y hasta este jueves, cuando Rafecas lo sacó del fango, por obra y gracia de la personalidad autodestructiva de la coalición que gobierna, el gasoducto Néstor Kirchner no solo fue una tortuga embuchada de impericia; también, un foco infeccioso.

 

Rafecas informó, “tras hacerse de toda la documentación, tomar declaraciones y escuchar a expertos tanto en extracción como en transporte de gas”, que “todos los señalamientos han sido descartados por no ser ciertos” y que las “denuncias apresuradas (...) se muestran inconducentes para sostener un caso penal”. Claro, Kulfas diría después que él quería señalar incompetencias, no delitos. Inocua, la aclaración. El tiro en los pies número mil ya había despertado los demonios dormidos que le marcan la frente al kirchnerismo -aliados inestimables del republicanismo fugacapitales- y había manchado, con sospechas de corrupción, a un gobierno que tenía problemas de todo tipo, pero no cargaba el peso de acusaciones de falta de transparencia. Ahora sí, gratis.

 

La tiene fácil, la oposición, en esta dinámica de guerra a cielo abierto a la que el oficialismo intenta, al menos, ponerle un techo.

 

Según las leyes del potrero, no tiene que transpirar ni despeinarse marcando al Gobierno.

 

De acuerdo al mandamiento del emperador, debe preocuparse solo por no interrumpirlo.

 

Solito, el Frente de Todos se las arregla para tirarse paladas y paladas de tierra encima.