11|9|2022

En un documento conocido como el Manifiesto Aceleracionista, Alex Williams y Nick Srnicek, dos profesores ingleses de la Universidad de Londres y de la Universidad de Westminster, respectivamente, plantearon que el futuro augura un mundo sin trabajo como consecuencia de las grandes transformaciones técnicas, por las cuales la mayor parte de lo que hoy todavía consideramos trabajo será reemplazado por las máquinas.

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En esa extendida reconversión laboral, las únicas actividades que no podrán suplirse son las llamadas “de cuidado”, entre esas, una de las más importantes, la transferencia de conocimientos, en decir, la educación. Unificados a este suelo digital en el que la mayoría de las cosas sólo se harán por su intermedio (cualquier similitud con los siervos de la gleba que estaban atados a la tierra en el mundo feudal es pura casualidad), la escuela seguirá congregando personas que se comunicarán cara a cara, mediante las viejas palabras, sonoras o visuales, las sonrisas, los gestos, los ruidos de las cosas y no exclusivamente por computadoras. Por suerte.

 

En esa escuela de intensa interactividad (solo basta pasar por el frente de cualquiera de ellas en las horas pico), los algoritmos tienen todavía un margen menor de envolvernos con sus burbujas de filtro y sus sesgos cognitivos. En las escuelas todavía hay personas y familias, con sus historias de vida, sus deseos y proyectos, sus dificultades y esperanzas, tan heterogéneas como la sociedad de la que forman parte. Vendrán a las aulas, con sus días buenos y sus días malos, como le pasa a cualquiera, en una provincia, la de Buenos Aires, con 16 mil establecimientos, con cuatro millones y medio de niños y adolescentes y con más 500 mil trabajadores docentes y auxiliares; un cifra que alcanza, si sumamos a los familiares directos, la mitad de la población de la provincia, distribuida en servicios educativos rurales, urbanos, en grandes ciudades, en pequeños pueblos, privadas, subvencionadas, estatales, con niveles y modalidades distintos, en una trama que refleja toda la diversidad cultural, social y geográfica de nuestra sociedad.

 

Por supuesto, esto implica una compleja administración de tensiones. No sólo etarias, psicológicas, culturales, comunicativas, educacionales, conductuales y de poderes, sino también las que se producen fuera de la escuela, porque no es una isla. Todos los días, esa escuela recibe infinidad de críticas. Por supuesto, bienvenidas; pero, acaso, ¿la escuela del siglo pasado era tan vilipendiada? ¿Había sobre ella tantas miradas escrutadoras, tantas evaluaciones, tantos prejuicios? ¿No será, en realidad, que cuando hablamos de la escuela en realidad hablamos de la sociedad?

 

Quizás alguien pretenda una escuela aséptica manejada por fríos algoritmos de computadoras. Quizás imaginan volver a la escuela que seguramente idealizan en el pasado. Lo cierto es que esta escuela de hoy es infinitamente superior a la antigua, no sólo porque hoy la escolaridad se extiende hasta el secundario, porque se sumaron salas en jardín y porque hay infinita cantidad de ofertas de terminalidad que antes no existían, sino, también, porque esta escuela asume la diversidad del mundo, con sus conflictos, con sus carencias. Un mundo que atravesó, por si a alguien le parece poco, la primera pandemia de la humanidad, que está sumido en guerras inexplicables y sobre el que pende, como la vieja espada de Damócles, un problema climático terminal aún incomprendido por las altas elites mundiales. Un mundo al que en casa hay que sumar la pobreza crónica de nuestra economía, la violencia del narcotráfico, nuestro Estado endeble, la inseguridad cotidiana y todas las otras calamidades que ustedes quieran agregar. ¿O pretendemos que la escuela, por si sola, resuelva los problemas que la sociedad no logra?

 

A esa escuela van todos los días nuestros docentes para enfrentarse con una de las exigencias más grandes de la sociedad: formar a los futuros ciudadanos, enseñarles los elementos básicos del conocimiento, impulsarlos en la compleja socialidad contemporánea... en fin, a transmitir nuestra cultura, es decir, un modo de vida.