11|9|2022

El autor recuerda la última escena del gran intérprete del justicialismo para evocar a una figura central de la política nacional.

Hace 100 años, nacía Antonio Cafiero, político y, al final, actor peronista.

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Curiosamente, la última nota periodística que brindó no estuvo relacionada con su actividad política. Él, un hombre cuya vida había dedicado al peronismo, terminó su relación con la prensa hablando sobre su papel como dueño de una empresa de ómnibus interurbanos en la película Pájaros Volando (2010), de Néstor Moltalbano. Murió un 13 de septiembre de 2014.

 

Esa tarde, cuando desde la sección de Cultura de un diario -que ahora también es solo un ejercicio de la memoria- intentamos comunicarnos con el exgobernador bonaerense (1987-1991), la secretaria primero lo excusó. Hizo bien. Apelamos a una amistad de años y al rato accedió, tal vez porque, para esa raza de políticos, los vínculos afectivos obligan a ciertas consideraciones, también a las más esforzadas. Apenas se le oía.

 

Dijo que su personaje tenía “un discurso de justicia social y popular” y que había accedido a componerlo porque “los muchachos” se “lo pidieron”. Opinó que su actuación había sido “noble”. Contestó que “no”, que ahí había terminado su carrera cinematográfica.

 

Es cuanto menos curioso que, en el apenas más de un minuto que lleva su trabajo en la ficción, su personaje haya recordado y pronunciado una frase que hoy es carne de disputa. 

 

 

Un músico, hippie demorado -a cargo de Diego Capusotto-, llega en busca de un pasaje a Las Pircas (un pueblito ¿ficticio? ubicado en las sierras de Córdoba). La empleada de la terminal le explica que no hay colectivos con destino a ese lugar. El muchacho insiste con algo de desesperación. Entonces, ahí, es donde interviene, firme, el personaje de Cafiero, que no tiene nombre -es un estereotipo-. Camisa celeste con finas rayas verticales blancas, cuello y puños blancos, como blanca es su cabeza. El fisic du rol es el del jefe del servicio, pero también el de un hombre experimentado, que no ha perdido su vocación de resolverle problemas a la gente.

 

Desde ese sitio de actuación, pregunta:

 

 -¿Qué pasa, nena, qué pasa?

 

-El señor necesita ir a Las Pircas, pero nosotros no llegamos ahí- responde la chica.

 

-Bueno, hasta 1955 llegábamos a Las Pircas. Y ahora debemos hacer lo mismo.

 

La mujer (Jacquie Decibe), en su instante de soberbia representación, duda. Mira al cielo en busca de una historia que no conoce. Es el símbolo de una juventud que apenas sabe del peronismo de las primeras presidencias y, sin embargo, tiene por mentas que algo así existió, un tiempo en que las cosas eran diferentes.

 

El personaje de Cafiero interrumpe desde el fondo, en una mesa se entrevé un busto de Perón. Llega hasta la ventanilla para recordar y pronunciar su servicial discurso mínimo. Dice: “Este señor, como muchos ciudadanos argentinos, tiene una necesidad y toda necesidad genera un derecho”.

 

El muchacho asiente con la cabeza. Comparte el sentido épico de la frase;  una frase que, aun desteñida, genera empatía, sobre todo entre los marginales, como es ese personaje de Capusotto; una idea de Evita que fue contradicha hace unos días, no sin polémica, por el vicepresidente de la Corte Suprema de Justicia, Carlos Rosenkrantz: "No puede haber un derecho detrás de cada necesidad".

 

En ese lapsus donde tiempo y espacio se confunden, Antonio Cafiero y su personaje recuerdan su propia juventud. Mejor, un suceso particular de los inicios de la adolescencia. Como una epifanía regresa aquella vez en que Antonito escapaba con una pelota que resguardaba de un policía que lo corría en bicicleta, allá, por Pavón y Pasco, en el barrio de Constitución. Cafierito se ve cercado y pide ingresar a un domicilio que no era el suyo, para salvarse. Le abren y el policía pasa de largo, como en un film de fines del 30.

 

Es difícil, si no imposible, averiguar los motivos que llevan a un hombre a emprender un destino y no otro. Por ejemplo, el muchacho llegó a Las Pircas. Cafiero tal vez se alegró de que algún desprevenido hubiera olvidado su larguísimo paso por la política y lo entrevistara como actor. Después de todo, él fue quien dijo, en 1987, que “la democracia es saber ganar y perder y tener grandeza para asumir ambas situaciones”. Él supo de la victoria y del fracaso. Había nacido un 12 de septiembre de 1922, en Buenos Aires, hace 100 años.