21|11|2022

20 de septiembre de 2022

20 de septiembre de 2022

Las criptomonedas son una mínima parte de los criptoactivos y amenazan a las monedas nacionales, el instrumento de soberanía más importante de los países.

El 3 de enero de 2009 se hizo la primera transacción de Bitcoin. Sólo 13 años atrás se minó el primer bloque y esto dio inicio a la llamada “revolución cripto”, esa caja de gatos que “combina todo lo que no entendemos de economía con todo lo que no entendemos de internet y tecnología”, como dicen muchos analistas, aunque combina mucho más, pues Bitcoin y el mundo de los criptoactivos incluyen tendencias e ideas diversas de economía, tecnología, filosofía, política y decenas de tópicos más.

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Para dar una idea de la magnitud del fenómeno, el Centro de Finanzas Alternativas de la Universidad de Cambridge estimó que aproximadamente 100 millones de personas en todo el mundo tuvieron criptomonedas en 2020. Otros datos privados, como el informe "Crypto Market Sizing" de Crypto.com, calcularon que en diciembre de 2021 la cantidad de personas usuarias llegó a 295 millones a nivel global. Esto quiere decir que, en un mundo con 7.750 millones de habitantes, solamente de un 2% a 6% de la población adulta del planeta tendría criptomonedas actualmente.

 

Quiero ser claro: cualquier proyección a futuro que se realice tomando datos de un fenómeno tan complejo que cuenta con sólo 13 años de historia y aceptación de 100 a 300 millones de personas es falaz por motivos teóricos y empíricos. Entonces, ¿qué herramientas tenemos para pensar el futuro de la revolución cripto y el desafío de los Estados? Sólo una: la historia. Especialmente, la historia de la innovación financiera y monetaria. 

 

El mundo cripto es vasto, pero vamos a poner nuestra atención en aquellas propuestas que desafían al instrumento de soberanía y control más importante que tienen los Estados: su moneda. La aclaración es necesaria porque las criptomonedas son un subconjunto muy reducido, cada vez más, del inmenso universo de criptoactivos.

 

La amenaza de las criptomonedas, al menos pensada desde la teoría, es que los Estados pierdan soberanía monetaria frente a su irrupción y adopción. ¿Es esta una amenaza realista?

 

Actualmente, el universo cripto cuenta con más de 20.500 tokens, 500 exchanges y una capitalización mayor a los mil billones de dólares. Bitcoin concentra un 40% y Ether, otro 20%. El top ten de propuestas supera el 95% de toda la capitalización. Si nos centramos en aquellas que tienen una propuesta de valor “monetaria”, esto es, suplir funciones básicas del dinero, podemos separar al menos dos grandes categorías: criptomonedas de oferta-demanda, como Bitcoin, Ether y cualquier otra que tenga volatilidad inerte, y las monedas estables o stablecoins.

 

Las monedas estables sostienen una paridad fija con el mundo del dinero “real” u otros activos, como el oro, a través distintas metodologías, pero las más conocidas son las que lo hacen con reservas monetarias. Podemos contar aquí a las monedas Theter (USDT) o USD Coin (USDC), que sostienen su paridad con el compromiso de resguardar o respaldar cada token emitido con un dólar u otra moneda dura. Actualmente, la capitalización de las stablecoins ronda el 18% de la capitalización del mundo cripto.

 

Hay un tercer tipo de propuesta monetaria que cobra cada vez más peso en el mundo cripto. Son las monedas digitales de los Bancos Centrales (CBDC, por sus siglas en inglés). Actualmente, más de 70 economías están diseñando, investigando o implementando pilotos de su propia moneda digital soberana. Las CBDCs nacen como respuesta directa de los Estados al fenómeno cripto y, si bien existieron iniciativas en el pasado, esta aceleración reactiva por parte de los Estados tiene sólo tres años, tras un acontecimiento muy concreto: el entonces llamado proyecto Libra anunciado por Mark Zuckerberg en junio de 2019 con la idea de ofrecer una moneda estable global.

 

No fue hasta que el conglomerado de Facebook, actual Meta, y un consorcio con más de una veintena de compañías de la economía digital anunciaran un proyecto de stablecoin de escala global corporativo, que los Estados reaccionaron genuinamente a la amenaza de perder soberanía monetaria. Este hecho llevó a distintos mandatarios del mundo a pronunciarse por primera vez sobre las criptomonedas y a acelerar enfáticamente el desarrollo de CBDCs. El caso de Libra fue la pieza de dominó que aceleró todos los debates y, aunque hoy el proyecto está trunco, posicionó a esta tercera propuesta monetaria en los Estados.

 

En definitiva, las CBDCs son la respuesta de los Estados a la revolución cripto. Junto con las stablecoins en sus distintos formatos y las criptomonedas volátiles, también en sus cientos de formatos y propuestas, estamos atravesando un momento bisagra en la historia monetaria. Mirándolo de esta manera, la revolución cripto está, en realidad, transformando las formas de dinero como las conocemos; en principio y, al menos hasta ahora, ampliando las opciones.

 

La pregunta que cabe hacer es si alguna de estas propuestas dominará y desplazará absolutamente a las otras: ¿Las monedas de los Estados desaparecerán? No lo sabemos. De momento, las criptomonedas y las stablecoins empiezan a convivir con casos de distintas monedas digitales emitidas por Estados. Ya hay algunas experiencias: el yuan digital en China como un extremo centralizado o la Ley Bitcoin en El Salvador como otro extremo más descentralizado. En el medio hay variantes, como Bahamas y su SandDollar (CBDC), que fue desarrollado en colaboración con Mastercard. La lista de ejemplos y grises puede continuar.

 

La única pista que tenemos para pensar el futuro es mirar el pasado. Nos demuestra que las innovaciones financieras y monetarias, lejos de reemplazar, han venido a convivir con sus antecesoras y, cuanto mucho, a transformarlas. Esto siempre sucedió con una enorme heterogeneidad dependiendo la geografía y la sociedad. Es es lo que estamos viendo ahora.

 

En las economías nórdicas, donde nueve de cada diez pagos se hacen con tarjetas y existen comunidades que se implantan microchips para realizar pagos, o en China, donde el 85% de los pagos digitales se hace con códigos QR o Biometría, cabría pensar que las nuevas propuestas monetarias tengan un rol más protagónico, pero en otras partes del mundo, como en nuestra América Latina, donde ocho de cada diez pagos se realizan en efectivo y el 90% de los pagos digitales son con tarjeta plástica -inventadas a mediados del siglo pasado- ver una dominancia cripto suena más a un anhelo que a un escenario factible.

 

El futuro próximo de la moneda y el rol de los Estados se parece más a uno que sería imposible imaginar a esta altura de la historia cripto y donde coexistirán el efectivo con las monedas digitales de Bancos Centrales, criptomonedas volátiles (Bitcoin, Ether, u otras), stablecoins y nuevos activos criptográficos. El desafío de los Estados será, entonces, ajustar su propuesta monetaria a la altura de las circunstancias e incorporar todas las manifestaciones cripto en sus análisis de políticas, buscando siempre maximizar los beneficios que trae esta revolución para sus respectivas economías.