03|12|2022

Las Fuerzas Armadas, el bastión y la esperanza de Bolsonaro

29 de septiembre de 2022

29 de septiembre de 2022

La relación carnal del presidente con la corporación militar. Razones de un vínculo inquebrantable y peligroso. Temor por un posible golpe de Estado.

San Pablo (Enviado especial) Entre 1964 y 1985, después de derrocar al presidente João Goulart, las Fuerzas Armadas de Brasil comandaron el gigante sudamericano con mano de hierro. Sin embargo, sus efectivos nunca ocuparon tantos cargos administrativos y públicos en la historia como en el gobierno de Jair Bolsonaro, un excapitán del Ejército que este domingo busca su reelección junto a su compañero de fórmula, el general Walter Braga Netto. Según distintas estimaciones, más de 6.500 puestos están ocupados por cuadros uniformados en la estructura federal del país, es decir, sin tener en cuenta la distribución subnacional de sus 27 estados. 

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“Las Fuerzas Armadas son todas bolsonaristas, tienen una relación carnal”, explicó en diálogo con Letra P, desde Río de Janeiro, Thiago Rodrigues, politólogo y profesor del Instituto de Estudios Estratégicos de la Universidad Federal Fluminense, quien agregó: “Están en todos los ministerios y empresas, como Petrobras (petróleo), Itaipú (energía), el correo, el banco de Brasil... En todos los niveles, desde el primero hasta los niveles más bajos, hubo una alta distribución de cargos y puestos para las Fuerzas Armadas”. Para el analista, el vínculo se basa en dos perspectivas: una ideológica y otra de intereses económicos y de estatus social.

 

En el primer grupo se encuentran los sectores más duros de los cuarteles, que ven en el jefe de Estado al mejor representante de las botas luego de 12 años de gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), al que siempre toleraron de mala gana. Entre ellos se encuentran algunos sectores de la dirigencia castrense y, especialmente, grupos ya retirados que durante los últimos años conformaron clubes de retiro donde se reúnen a alabar el exdiputado y a despotricar contra la nueva candidatura del exmandatario Luiz Inácio Lula da Silva. En el segundo, las ramas más subalternas y de menor poder que se alinearon al Palacio de Planalto durante el último tiempo como un mecanismo fácil de conseguir ascensos, promociones, mejores salarios y condiciones laborales. Para ellos, el discurso ultraconservador de Bolsonaro no es el fin, sino un medio para avanzar a nivel económico y social en la población local. 

 

Desde el primer momento en el que Bolsonaro decidió abandonar la Cámara de Diputados -allí estuvo más de 25 años sin presentar un solo proyecto de trascendencia nacional- para competir por la presidencia, las Fuerzas Armadas y de Seguridad se encolumnaron detrás de él. Primero, por la capacidad de convertirlo en una palanca de presión para acceder a espacios de poder. Por ejemplo, en 2019, el presidente designó al general Fernando Azevedo e Silva como ministro de Defensa, el primer militar en ocupar el cargo. Segundo, porque era uno de los suyos, un capitán que siempre los defendió en el Poder Legislativo y que conmemoró la dictadura cívico-militar por evitar que Brasil se volviera comunista.

 

“Bolsonaro les permitió a los militares acceder a oportunidades y posiciones donde se puede cobrar mucha plata”, explicó Rodrigues y detalló que la fortaleza del vínculo interpersonal que perdura se centra en la “agenda” que el presidente estableció a nivel nacional. “Los habilitó a operar en la práctica una agenda conservadora y de protección corporativa del Ejército ante lo que ven como posibilidades de venganza o de revancha de los civiles. Es el hombre que ha aceptado de una manera muy sincera la misión de defender la corporación en el espacio político”, profundizó 

 

Las consecuencias de esta simbiosis ya se observan en Brasil. Durante los últimos cuatro años, el gobierno celebró y conmemoró el inicio de la dictadura militar, habilitó la circulación de un discurso violento que transformó al progresismo o a la izquierda en un enemigo de la nación -al que incluso combatió con violencia y muertes- y los militares ocuparon posiciones de poder impensadas en el pasado: entre mayo de 2020 y marzo de 2021, en el peor momento de la pandemia de covid-19, el general Eduardo Pazuello fue ministro de Salud sin ninguna experiencia previa en la materia.

 

Ante una posible derrota de Bolsonaro en las elecciones, como anticipan todas las encuestas en el país, el temor más grande pasa por saber cómo se logrará retirar a las botas de la vía pública. El miedo se dispara si se tiene en cuenta que el jefe de Estado anticipa un supuesto fraude en su contra y amenaza con desconocer los resultados electorales si no le son favorables. 

 

La posibilidad de que Bolsonaro dé un golpe de Estado no está descartada. En sus filas, el discurso que asegura que las encuestas mienten y que las urnas electrónicas están amañadas permeó con fuerza. A ello se le suma la violencia de sus grupos más extremistas, la circulación de armas de fuego en manos civiles como consecuencia de la política oficialista de flexibilización y el apoyo de las tropas militares.

 

Según Rodrigues, dos puntos dificultan este camino: no hay consenso económico detrás de esta maniobra porque el establishment ya empezó a acomodarse a una posible vuelta al poder del PT y tampoco hay acompañamiento internacional: en América Latina se fortaleció la izquierda, importantes líderes de Europa se mostraron junto a Lula da Silva y Estados Unidos dijo que seguirá la jornada con atención y que confía en las instituciones. 

 

Según Rodrigues, el peor escenario sería un desconocimiento de los números por parte del mandatario que genere “una reacción callejera de las Fuerzas Armadas y de Seguridad sin coordinación de los jefes, pero con elementos más o menos espontáneos”, que provoque, a su vez, otra reacción de Bolsonaro, como la declaración del toque de queda o el estado de sitio como preludio de la interrupción democrática del país. “Si eso ocurriera, no sería una sorpresa completa porque ya hay indicios que nos hacen pensar y preocupar”, agregó. 

 

Este domingo, Brasil conocerá la primera reacción militar, pero el futuro quedará aún sin resolución: ¿Qué pasará en los próximos cuatro años? Las botas prometen seguir haciendo ruido.