30|9|2022

Las taras del progresismo

29 de mayo de 2022

29 de mayo de 2022

Izquierda soft y peronismo: ¿un camino en común? Los tabúes y la lejanía de la gente. Inflación, seguridad y defensa, del dicho al hecho. ¿Un giro a la derecha?

"Progresismo" es una de las categorías más usadas en política y, a la vez, más difíciles de definir. Incluye a una miríada de tribus que van desde cierto liberalismo hasta la izquierda –no la revolucionaria, claro– que abogan por la promoción de los sectores populares con un sesgo reformista. El sentido teleológico de la historia, esto es la confianza en un punto de llegada tan inexorable como idílico, es en él una herencia del idealismo hegeliano, reubicado por Karl Marx ya no "de cabeza" sino "de pie", es decir, en un sentido materialista. Acaso esa confianza en que la historia juega a favor de la causa progresista explique su pereza, su tendencia a formular diagnósticos y a hablar de principios vagos, así como su renuencia a arremangarse para resolver, con pragmatismo, los problemas de quienes pretende representar. En la Argentina, lamentablemente, el flagelo resulta clamoroso.

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Esas taras suelen ser marcadas, como un punto de diferenciación fuerte, por quienes se identifican como peronistas. Sin embargo, el cada vez más menguado valor de esta última marca y la afinidad de propósitos llevan cada vez más al peronismo a aliarse con el progresismo. Sin el segundo, el primero sería muy poca cosa, por ejemplo, en la Ciudad de Buenos Aires, a la vez que el primer kirchnerismo transversal y el propio Frente de Todos representen expresiones de ese matrimonio. Aún se recuerda el rapapolvo de Néstor Kirchner a su entonces jefe de Gabinete, Sergio Massa, cuando, en 2009, este dijo que el Gobierno no era "progresista" sino "práctico".

 

El peronismo se ufana de meter los pies en el barro de la realidad y buscar soluciones prácticas, aunque está visto que no siempre lo consigue. Como sea, peronista o progresista, su configuración actual en Todos busca con enorme dificultad pasar de los dichos a los hechos, pero recae en el pecado de encontrar lo primero mucho más fácil que lo segundo. Así, en medio de una interna feroz, su pretendida refundación actual descansa apenas en un eslogan.

 

“Primero la gente", aclara, insólito descubirmiento en un tercer año de gestión. Justamente la pelea de Todos contra Todos es lo que lleva a la alianza gobernante a aclararle el punto a una sociedad que solo observa a dirigentes discutiendo agónicamente generalidades y no temas concretos. El sayo les cabe a Todos.

 

¿La sobreemisión monetaria genera inflación? ¿Es un problema tener un déficit fiscal permanente de tres a seis puntos del PBI? ¿Está mal experimentar "un poquito de inflación"? ¿El Fondo Monetario Internacional (FMI) es malo o puede jugar a favor?

 

El ala crítica del Gobierno podría argumentar, justamente, que sus cuestionamientos a Alberto Fernández pasan por la falta de políticas eficaces contra los males que deterioran la calidad de vida de las mayorías. El problema es que su crítica tiene poco de concreto. Así, ¿queda realmente claro qué aspectos del acuerdo con el FMI le repugnaban tanto a Máximo Kirchner como para llevarlo a renunciar a la jefatura del bloque oficialista de la Cámara de Diputados? La propuesta cristinista de cambio es un remix de fórmulas que ya lucen largamente agotadas y entusiasman cada vez a menos gente.

 

Ante ese escenario, la dirigencia se siente obligada a levantar aclaraciones: "Primero la gente", como se dijo, señala el albertismo. Y la propia Cristina Kirchner debió explicar en su última gran aparición, en la Universidad del Chaco Austral, que su sector no pelea por cajas. Pasa que “la gente” intuye que la cúpula está más bien enfocada en preservar sus propios intereses.

 

Vago, en todos los sentidos de la palabra, el progresismo –incluido el peronista– no habla de equilibrios macroeconómicos. Tampoco, en esa línea, del problema fiscal. De impuestos sí, pero con una cautela cuasiconservadora, esto es postulando nuevos gravámenes –que siempre comienzan como transitorios y... después se verá–, pero sin cuestionar el vetusto criterio de la Corte Suprema para considerar confiscatorias las alícuotas de Ganancias que pagan los más ricos, extremadamente bajas en términos internacionales y que terminan repercutiendo en un esfuerzo más grande de quienes menos tienen. Así, el progresismo defiende un Estado amplio en prestaciones, pero no atina a explicar cómo se financia esa aspiración loable. Si el resultado del combo es un "que salga lo que salga", la inflación actual no debería sorprender.

 

Por otro lado, la inseguridad, que daña a la Argentina más humilde por lo menos tanto como la inflación, es otro tema vedado para el progresismo. La defensa nacional, vinculada a una redefinición del rol de las Fuerzas Armadas, también lo incomoda. La migración tampoco es un tema, lo mismo que una reforma educativa que se centre, de una vez por todas, en un problema de calidad que ya estalla ante los ojos. ¿Cómo se puede gobernar así?

 

En el haber cabe destacar la defensa de valores trascendentes como los derechos sociales de nueva generación y la protección del medio ambiente. ¿Alcanza con eso?

 

A muchos y muchas nos gusta llamarnos progresistas. Sin embargo, ¿lo somos en verdad? De acuerdo con una encuesta reciente de Zuban, Córdoba y Asociados, más de la mitad de la ciudadanía se considera progresista, pero, a la hora de mirar la paja en el ojo ajeno, cree que apenas algo más de un cuarto de la sociedad lo es. El espejo nos devuelve una belleza injustificada.

 

Acaso por no ser todo lo que nos gusta pensar que somos y por la mencionada renuencia a meter los pies en el barro, el progresismo y el peronismo adyacente comienzan a perder a "la gente". Más allá de las encuestas de intención de voto y del provisional auge libertario, otro sondeo de Zuban, Córdoba y Asociados (25 a 27 de abril, cuestionario online, 2.000 casos, alcance nacional y margen de error de +/- 2,19 puntos porcentuales) muestra cómo la opinión pública se va deslizando hacia la derecha, acaso sin saberlo.

 

De acuerdo con el mismo, la imagen espejada y progresista de la argentinidad realmente existente indica que, para el 60,4%, el Estado debería aumentar la inversión en obra pública, que el 89,7% pide un mayor presupuesto para educación, que el 86,3% reclama más recursos para ciencia y técnica y que el 77,4% espera un fortalecimiento del sistema sanitario.

 

Sin embargo, más del 70% desea una reducción del gasto público, casi dos tercios favorecen la eliminación de los planes sociales y casi tres cuartos piden una reducción de los impuestos y que se haga primar el derecho a circular por encima del que corresponde a quienes protestan.

 

Analizar las taras del progresismo no implica renunciar a él, sino clamar por una vuelta de tuerca en las cabezas de una dirigencia que debe salir con urgencia del rol de comentarista político para abocarse a la solución de problemas que ya queman.

 

El progresismo está perdiendo a la sociedad y esta, mal que le pese, comienza a renunciar al sueño tranquilo de un futuro mejor.