18|6|2022

La Argentina está en peligro

08 de mayo de 2022

08 de mayo de 2022

El liberalismo liberticida se acerca. El país, al filo del odio. Milei y los jockers. Pese a un liderazgo en default, la democracia es más necesaria que nunca.

Dentro de un año, el humor colectivo tendrá un rol crucial en la definición de candidaturas presidenciales y legislativas, que se pondrán a prueba en las primarias de agosto de 2023 y delinearán el futuro en las elecciones de octubre-noviembre. Hasta entonces, la sociedad tendrá la responsabilidad de decidir si da el paso hacia la vida en un país en el que los calvos pasarían a ser "pelados asquerosos", los progresistas o socialistas, "zurdos de mierda" y los no liberales, "soretes" que pueden ser aplastados "hasta en sillas de ruedas", todo pregonado desde la cúpula del poder. Asimismo, quienes reciben del Estado una compensación mínima –después de que un sistema sin corazón les impuso condiciones de existencia inmorales– y quienes trabajan para el Estado serían parásitos. Aun queda tiempo para evitar la caída en el agujero negro del odio absoluto.

 

Ese futuro imperfecto, que por si fuera poco llegaría con un manual económico capaz de hacer de este un país ingobernable, genera incredulidad incluso entre quienes han temido por largo tiempo que esa hondura fuera el resultado inexorable de una crisis económica permanente, un sentimiento extendido de anomia, un empobrecimiento sin fin y el resentimiento que causa vivir cada vez peor.

 

La base está. El peligro, dado lo que arrojan todas las encuestas, ya tiene nombre y apellido: Javier Milei, el hombre del momento. Pero el riesgo incluye, junto a aquel, a otros personajes que proponen la novedad del regreso al siglo XVII, esto es a una forma predemocrática de liberalismo. El desencanto deviene en desesperación y esta, en pulsión tanática.

 

La ultraderecha minarquista-paleolibertaria es la forma liberticida del liberalismo. En nombre de este último, lo que propugna es la abolición de derechos individuales y colectivos básicos, desde los de huelga, protesta y acceso al empleo y a la vivienda hasta las garantías del debido proceso, la igualdad de género y el aborto, entre otros. El único derecho sagrado es el de propiedad, incluso cuando esta es monopólica, frente a la cual el Estado nada debe hacer.

 

Sin embargo, la gente en cuestión no come vidrio. Cuando se produjo el amenazante amotinamiento de la Policía Bonaerense en septiembre de 2020, el socio provincial de Milei, José Luis Espert, acudió a la protesta en apoyo a los alzados contra la autoridad democrática. Todos ellos saben que su modelo, si es que pudiera cerrar, solo lo haría “primero con bala" y convirtiendo en "queso gruyere", sin derecho de defensa alguno, a quienes se presumen delincuentes por el tono de su piel o la mala calidad de su ropa. Aunque abjuren de él, el Estado siempre reaparece, en última instancia, pistola en mano.

 

Acaso más de una persona que lo vote el año próximo, solo por la curiosidad que le genera una extravagancia que promete cambios, comience pronto a esperar en vela y con temor –aun más que ahora, ya que el plan incluye soltarles las manos a las fuerzas de seguridad– el regreso a casa de sus hijos cada domingo después de una madrugada de diversión.

 

Las responsabilidades que nos han traído esta encrucijada son variadas.

 

Primero, son de quienes banalizaron la idea de la amenaza a la democracia, disparando desde todos los frentes: "la diKtadura"; "Macri, basura, vos sos la dictadura"; la "infectadura"… Demasiada gente ha contribuido al juego del pastorcito mentiroso, augurando calamidades nunca concretadas, pero que sembraron veneno a destajo. Si todo es peligro, nada lo es y hoy no hay por qué temer.

 

Más allá de que los presidentes que pasaron sean considerados, de acuerdo con los gustos, excelentes, buenos, regulares, malos o pésimos y de que puedan haber cometido excesos de poder y hasta delitos graves, nada de eso constituyó la quiebra de la democracia con la que machacaron los banalizadores.

 

Aquel listado incluye a Mauricio Macri. Eso sí: más allá del dramático legado económico y social de su gobierno, ahora le toca a este decidir si su afán de darse, a como dé lugar, un segundo tiempo en el poder lo lleva a convertirse en el caballo de Troya del liberalismo liberticida.

 

En segundo lugar, entre los responsables hay que señalar a los medios de comunicación que en los últimos años le dieron a la furia una exposición que no se justificaba bajo ningún criterio de representatividad; ocurría que los gritos contra John Maynard Keynesgarpaban” en cámara.

 

En tercer lugar, hay que tratar las falencias y claudicaciones de quienes gobernaron la Argentina desde el 10 de diciembre de 1983. Con momentos más luminosos y más oscuros, algo que queda a gusto de quien lee, el legado del proyecto del 83 resulta ruinoso en prácticamente todos los ítems que se pueden analizar: pobreza e indigencia, inflación, precariedad laboral, salud y educación públicas, condiciones habitacionales… Sin embargo, sería un drama arrojar a la basura los pañales sucios junto con el bebé.

 

El default de la dirigencia política es clamoroso. Por hablar del presente, cabe reparar en los dichos del viernes de Cristina Fernández de Kirchner, en ocasión de recibir un doctorado honoris causa de la Universidad Nacional del Chaco Austral (UNCAUS). Inteligente como es, tituló su ponencia “Estado, poder y sociedad. La insatisfacción democrática". Su tono fue más moderado que el que se temía, aunque no se privó de aclarar que solo habla de "tres mandatos" de su espacio, como si el actual fuera obra de otra persona.

 

Asimismo, le echó una pala más de tierra a la imagen del presidente Alberto Fernández al ningunearlo como alguien que en 2019 no representaba a ningún sector relevante –¿tampoco ahora?– y al denunciar: "No estamos haciendo honor a la confianza que nos depositaron". La primera persona del plural es una concesión graciosa, claro.

 

Antes, había sugerido que el jefe de Estado perdió su legitimidad en el ejercicio del gobierno. Definitivamente, la política juega a la ruleta rusa con la cabeza de la sociedad.

 

Más allá de eso, de que haya realizado diagnósticos erráticos sobre las causas de la inflación y se haya permitido hablar de índices de precios de 2014 y 2015 que no eran los que entregaba su INDEC, cabe señalar en el discurso de la vicepresidenta dos máculas relevantes.

 

La primera es que, aun cuando tuvo una vocación mayor que la del resto de sus antecesores y predecesores por cuidar las condiciones de vida de los más humildes –no siempre bien encaminada–, le correspondería un cierto baño de humildad a quien, tras ocho años de gestión, entregó el país con una pobreza y una inflación clavadas en el 30%. No todo fue magia y urge entender que se buscan soluciones que jamás llegaron.

 

La segunda es que en su exposición desnudó un error flagrante de diseño del Frente de Todos, algo que explica en buena medida el drama actual.

 

Si fue ella quien eligió a Fernández para que buscara la presidencia y si fue ella quien, con "generosidad" –como dijo– le permitió a este que eligiera con libertad su equipo económico, esto es las políticas que aplicaría, ¿qué fue ese artefacto más allá de una herramienta electoral para ganarle a Macri? La amarga conclusión es que no constituyó nada más que eso y que la discusión de los programas quedó para cuando ya fuera demasiado tarde. Esto habría merecido alguna mención en su disertación sobre la insatisfacción democrática.

 

La tragedia argentina es que esa insatisfacción está mutando en ira y en una pulsión social tanática, escenario en el que proliferan los jokers.

 

Si esos jokers fueran, al final, entronizados por la gente cansada, todo quedaría en peligro: no solo los ejecutores de la democracia sino el propio instrumento. En tal caso, ya no estarían en juego temas cruciales como la ampliación de derechos, la solución de los problemas económicos o el modo de avanzar en un sendero de desarrollo inclusivo. No. La vida, lamentablemente, podría reducirse a una dimensión mínima, animal, de simple reproducción biológica, esto es la pelea de quien se va a dormir una noche por despertarse a la mañana siguiente.